jueves, 25 de febrero de 2010

Hoy Soy Ignacio Uriarte


Jopetas, ¿es que uno no se puede tomar un par de Dry Martini con un amigo? Vale, quien dice dos dice cinco. Vale, que empotré mi Audi ( poco importa si era un SEAT, nosotros llamamos Audi a cualquier automóvil) contra un coche a las 7 de la mañana. Vale, que en el momento del accidente era miembro de la Comisión de Seguridad Vial del Congreso. ¿Pero, jolines, es todo eso tan importante?
Los miembros del PP, que nadie se engañe, no hacemos botellón porque está mal visto, pero nos gusta darle al trago tanto como a ese atajo de rojos que ocupan la calle. Jo, es que un cubata te hace tilín y te pones tan contentín... Recuerdo que papuchi siempre me decía que beber DyC es de pobres pero un copazo de Cardhu nunca puede sentar mal. En las Nuevas Generaciones que presido, sentimos desde hace años adoración por todo lo que dice Aznar, nuestro Mesías. Aquel inolvidable discurso pronunciado en 2007, tan mamado que le costaba vocalizar, sigue siendo la luz que ilumina nuestro camino: "¿Quién te ha dicho que yo quiero que conduzcas por mí? (...) Las copas de vino que tengo o no tengo que beber déjame que las beba tranquilamente". A rajatabla.
La sociedad española es demasiado ajena a conductas como las que acabo de protagonizar. Lo que en otros países de nuestro entorno supondría el fin de una carrera política, aquí se convierte en un pequeño tropezón (es cierto que he dimitido como miembro de la comisión de seguridad vial) frente al cual, los miembros del partido suelen hacer piña. "A cualquiera le puede pasar", "No es para tanto", "¿Quién no se ha tomado alguna vez una copita de más" son esa retahíla de argumentos vacíos de contenido con los que arropar a un compañero de partido. Sea cual sea su ideología.
Calan más los discursos mediáticos, las palabras huecas pronunciadas en los mítines repletos de abuelos con bocadillos de saldo, los guiños medidos que nuestras actitudes cotidianas.
Sigo siendo, de hecho, vocal de la Comisión de Igualdad del Área dedicada al estudio de las drogas. Dicho lo cual que no se extrañe nadie si un día me detienen colocao de farlopa hasta las trancas.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Hoy Soy Nicole Minetti


Me convertí en dentista de tanto abrir la boca. El alcalde de una pequeña localidad de la Toscana, a quien realicé un primoroso trabajo bucal durante meses, me animó a que me dedicara a la Odontología, dada mi maestría oral. "Nadie la chupa como tú, nena", recuerdo que me dijo en una ocasión, mientras se subía los calzoncillos. Dicho y pecho: mis prominentes labios y mis dos colmillos delanteros me abrieron las puertas al mundo de la ortodoncia con una rapidez asombrosa.
Por eso, el día en que un chalado partió los piños a Berlusconi tras un certero lanzamiento de souvenir en forma de Duomo milanés supe a ciencia cierta que yo sería la responsable de restablecerle la dentadura y levantarle su alicaída moral. Mi currículo reunía todo aquello que Il Cavaliere requería en esos dolorosos instantes en que uno piensa que comerá sopitas el resto de su vida: boca XXL, pechos siliconados y título de higienista dental. ¿Qué otro perfil que no fuera el mío podría necesitar un Jefe de Estado como éste?
Mi incursión en la boca del presidente, el pasado mes de diciembre, pareció dejarle tan sumamente satisfecho que me acaba de incluir en las listas de su partido, Pueblo de la Libertad (PdL) por la circunscripción de Lombardía en las elecciones regionales del próximo mes de marzo.
Aún convaleciente por el duomazo de hace dos meses, y sabiendo que los comicios están a la vuelta de la esquina, le sugerí hace unos días que aprovechara su falta de dientes para comerle la polla a algún ciudadano cabreado con su forma de hacer política. "Ya que estás tan acostumbrado a dar por culo a todo el mundo, nada mejor que una mamada para acabar bien el trabajo", le susurré. Me miró con ojos de sapo y se bajó la bragueta: "Me duele la muela, ¿Podrías echarle un vistazo?. Y me puse de inmediato manos a la boca... perdón, a la obra.

martes, 23 de febrero de 2010

Hoy Soy Angela Bismarchi


Tiempo de Juegos Olímpicos, de esfuerzos por lograr nuevas conquistas, de alcanzar la gloria. Tiempo de subir a los altares, de superar a los contrincantes, de ser la número Uno del planeta.
Voy camino de batir un record. Por él he luchado media vida y no voy a dejar pasar la oportunidad. Me he preparado a conciencia durante años junto a mi marido -y principal responsable de mi estado físico-, con la mirada puesta en la estadounidense Cindy Jackson, alias "La muñeca viviente". Ella es la mujer a la que pretendo superar. Cada mañana, al despertar, me miro al espejo y me doy ánimos. "Vamos, Ángela, tú puedes".
Llevo ya 42 títulos a mis espaldas, a sólo cinco de Jackson, campeona mundial de la especialidad. A mis 37 años, esta segunda posición no es moco de pavo, teniendo en cuenta el gran número de participantes inscritas en la prueba. Por eso, valorando el hecho de que empecé en esto hace menos de dos décadas -en 1992, para ser exactos- creo que los logros conseguidos hasta la fecha son motivo de profunda satisfacción personal.
Sin embargo, a diferencia de mis contrincantes, dos pruebas me hacen valedora de un status difícilmente alcanzable por las restantes participantes en esta Olimpiada de la sinrazón en la que participo desde que cumplí los 21 años. A saber: Los 100 metros lisos de la Liposucción Abdominal y el Salto de Himen.
En la primera me batí a muerte hace tan sólo un par de meses, en un reto tan exigente como absurdo: una liposucción de cintura, no para corregir un defecto previo sino para mejorar algo que ya estaba "perfecto". En fin, una suerte de prueba contra una misma, tratando de averiguar dónde se hallan los límites del ser humano a la hora de pasar por un quirófano.
La otra, practicada hace un año, es el vivo ejemplo de la demencia mental: me reconstruí el himén para volver a ser virgen. Un regalo a mi actual marido, cirujano plástico de profesión, "entrenador personal" y responsable directo de mis últimos diez grandes logros mundiales.
A la espera de una nueva hazaña con la que reducir a cuatro mi distancia con la campeona mundial del bisturí, hoy sólo sé que ya no sé muy bien quien soy.

lunes, 22 de febrero de 2010

Hoy Soy Miranda Kerr


Siento cierta simpatía por David Kiley, ese ingenuo gerente de inversiones australiano del Banco Macquaire, que fue pillado in fraganti hace unos días, babeando frente a su ordenador con unas fotos mías en traje de baño, en el preciso instante en que un canal de televisión entrevistaba a un colega suyo en directo. David tuvo la mala suerte de estar en el sitio erróneo en el momento equivocado. Aquella imagen dio la vuelta al mundo.
Lo más fascinante de esta historia, sin embargo, es el hecho de que el tipo perdiera su trabajo porque el video circuló a tal velocidad a través de la Red -más de dos millones de visitas en pocos días- que los responsables de la entidad financiera decidieron despedirlo de inmediato para no dañar la imagen de un banco tan supuestamente respetuoso. Y que esa misma Red, que lo había mandado de un plumazo al infierno del paro, lo rescatara de las llamas de los desocupados tras una campaña de apoyo a la que yo personalmente me sumé una vez tuve conocimiento de los hechos.
Y digo que siento cierta simpatía por este ejecutivo simplón porque detesto la doble moral que usan los bancos en su quehacer diario: son capaces de crucificar a un empleado enarbolando la bandera de la decencia, pero al mismo tiempo cobran comisiones moralmente discutibles por conceder préstamos con los que comprar ordenadores similares al que utilizó el Sr Kiley para poder verme las nalgas.
Seamos serios, queridos banqueros. Que David se lo pasara en grande viendo mis orondos pechos (ocultos, eso sí, tras un diminuto bikini) no es motivo de despido. A lo sumo, de una pequeña reprobación.
Sí que deberían ser, en cambio, sustituidos de inmediato aquellos directivos que, trabajando a sus ordenes, estimados banqueros, se embolsan millones de euros especulando con el dinero de los ciudadanos sin que ustedes pongan freno a este chorreo indecente.

viernes, 19 de febrero de 2010

Hoy Soy el dedo de Aznar


Dedo corazón busca nueva mano. Políticos abstenerse.

jueves, 18 de febrero de 2010

Hoy Soy Ray Gosling


Sentado en un banco de la pequeña comisaría de policía de Nottinghamshare, tras más de cinco horas de declaración, aprovecho un descanso para hacer un rápido repaso a lo acontecido estos últimos días.
La semana pasada, en el programa "Inside Out", de la cadena pública británica en la que trabajo desde hace años, confesé haber matado en los años 80 a mi compañero sentimental, enfermo terminal de SIDA, que padecía terribles dolores a causa de la enfermedad. Frente a la cámara expliqué, sin entrar en demasiados detalles sobre la identidad del fallecido, el lugar de los hechos y la fecha, que en aquel doloroso momento había llegado a un acuerdo con mi pareja para acabar con su vida , ahorrándole un sufrimiento adicional innecesario.
Miro ahora mis manos y trato de buscar en ellas algún rastro de culpa por aquel supuesto homicidio que ahora algunos tratan de imputarme tres décadas más tarde. Miro una y otra vez esas palmas que un día sirvieron para apretar la almohada con la que asfixié a mi compañero. Pero no encuentro en ellas nada que me haga sentir mal. Siguen siendo las mismas manos con las que durante todos estos años he abrazado a mis seres queridos, he masturbado a mis amantes, he agarrado el micrófono de la BBC o me he limpiado el culo.
Tal vez no vea nada malo en ellas porque nunca hice algo de lo que hoy pueda arrepentirme.
¿Verdaderamente lo maté o todo forma parte de una espléndida campaña de marketing perfectamente orquestada para remover conciencias y volver a poner sobre la mesa un tema tan espinoso como la eutanasia?
Poco importa si aquel día puse el cojín sobre la cara de mi novio hasta quitarle la vida o si todo es producto de mi imaginación. Lo que de verdad hace falta es que los Estados se despojen de una vez por todas de las cadenas que les imponen los poderes eclesiásticos y legislen con plena libertad unas normas que regulen para siempre una muerte digna.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Hoy Soy Benedicto XVI


Estos días, en que se habla del enésimo escándalo de abusos sexuales a menores protagonizados por sacerdotes irlandeses y ocultados intencionadamente por mis antecesores durante décadas, me he propuesto extender una cortina de humo para minimizar su impacto y desviar la atención de los medios hacia noticias de calado mucho más frívolo. En religión, como en política, si no puedes resolver un problema, crea otro.
Por esta razón hemos decidido publicar en el Diario del Vaticano nuestro Top Ten particular de la mejor música de todos los tiempos: un compendio con los diez temas que cualquier buen cristiano debería tener en su ipod. Una divina clasificación encabezada por el álbum Revolver (1966) de The Beatles, a la que siguen otras joyas del rock atemporal como el fascinante The dark side of the moon (1974) de Pink Floyd, Rumours ( 1977) de Fleetwood Mac o Graceland (1986) de Paul Simon, por citar sólo algunos.
Un rápido repaso a este particular billboard católico permite extraer dos conclusiones, no por obvias poco interesantes. Uno. Todos los temas fueron compuesto el pasado siglo XX, lo que pone de manifiesto algo de sobra conocido: la Iglesia sigue anclada en la prehistoria, hasta en asuntos musicales. Dos. No aparece una sola referencia a los Rolling Stones (Aftermath) o a The Clash (London Calling) ¿Por qué? Pues porque son demasiado rojos. Lo que vienen a demostrar otra realidad incuestionable: las corrientes progresistas no tienen cabida en nuestro organigrama de poder.
Pero volvamos por un instante al asunto de la pederastia. Me pregunto, con intachable fervor religioso, qué escucharían los sacerdotes irlandeses mientras violaban a centenares de púberes bajo el tácito consentimiento de una gran parte de la estructura eclesiástica. Supongo que, por barrer hacia casa, se decantarían por el Achtung Baby (1991) de U2, a los que hemos situado en octavo puesto de nuestro particular Top cristiano. Me los puedo imaginar, bajándoles los pantalones mientras escuchan de fondo la voz de Bono. Y luego, esos mismos párrocos pederastas, tras haber abusado con saña de los asustadizos niños, elevando el volumen del radiocasete donde suena el inconfundible Thriller (1982) de Michael Jackson, sexto en nuestra lista. Terrorífico.

viernes, 12 de febrero de 2010

Hoy Soy Alexa González




No sé muy bien porqué pero tengo la ligera impresión de que si en vez de González me hubiera apellidado Smith, no habría acabado en las dependencias de un cuartel de policía. Y no creo equivocarme al afirmar que si en lugar de tener la tez morena y el cabello oscuro mis mejillas se asemejaran a las de Heidi (la de los dibujos) y mi pelo al de Heidi (la de las pasarelas), tampoco habría terminado esposada, sollozando ante unos agentes e implorando un poco de sentido común ante la indiferencia de estos mocetones uniformados de gatillo fácil y cerebro complicado.
El pasado lunes 1 de febrero, mientras esperaba la llegada de la profesora, escribí en mi pupitre, con tinta lavable, un pequeño texto tan sencillo como ingenuo: "Quiero a mis amigas Abby y Faith. Lex estuvo aquí". Esta inocente intromisión en el grafitismo estudiantil me supuso la humillación de ser trasladada a las dependencias de la policía del condado de Queens (Nueva York), esposada como una vulgar delincuente. De poco sirvieron mis explicaciones.
Tal vez sea una intuición carente de fundamento, pero algo me dice que la situación que viví aquella mañana huele por todos los lados a comportamiento xenófobo en un país, Estados Unidos, que a pesar de tener un presidente negro, sigue sin poder despojarse de ese poso de racismo que se filtra sin remedio por todas las capas de la sociedad. Incluso la Unión de Libertades Civiles ha puesto el grito en el cielo ante esta sinrazón. Y no es para menos. Tanto Luther King y tanta ostia para tener la sensación de que estamos como hace medio siglo.
Tengo 12 años y unas hormonas que no dejan de corretear por todo mi cuerpo. Dudo que haya en el planeta una sola niña de esta edad que no haya garabateado alguna vez en un papel una declaración de amor, un compromiso de fidelidad o una exaltación de amistad. Me atrevo a más: que levante la mano la adolescente que no haya utilizado la puerta de un lavabo o la pared de un retrete para escribir algunas lineas.
Insisto: "Quiero a mis amigas". Y eso, queridos polis, no hay esposas que puedan borrarlo.

jueves, 11 de febrero de 2010

Hoy Soy Adriana Ugarte


Esta mañana he abierto una revista del corazón y me he encontrado con una noticia que protagonizo yo y cuyo titular reza: "Adriana Ugarte, una `Señora´ muy apañada". El texto que lo completa dice así: "La actriz Adriana Ugarte, protagonista de `La Señora´ (TVE) es una chica de su tiempo (sic). La pasada semana estaba tomando algo en un bar de Madrid cuando se manchó. Bote de quitamanchas en mano, salió a la calle para acabar el problema. Además, paseó su perrita y, muy cívica, se encargó de que en el suelo no quedara ni rastro". Punto y final. El texto, digno de ser presentado a un concurso literario, se acompaña de tres fotos. En una de ellas estoy limpiando los lamparones de mis vaqueros y en las otras dos recogiendo la mierda de mi chucho.
No dejo de preguntarme una y otra vez a quién coño le interesa saber si recojo los excrementos de mi perro o si detesto ir con una mancha en mi entrepierna.
Visto como está el patio, supongo que, a día de hoy, nada vale más que una instantánea de Belén Esteban hurgándose su nariz postiza en busca de petróleo. Y si, por azar del destino, el fotógrafo logra plasmar el instante en el que, junto al moco, la Esteban se deja media napia en el dedo, el precio se dispara.
El grado de morbosa curiosidad por los aspectos más cotidianos e intrascendentes de la vida de los personajes públicos ha alcanzado cotas difícilmente imaginables en otros países occidentales (con la excepción, tal vez, de las Islas Británicas). Cuanto más verosímil sea el instante que capta el paparazzi escondido tras una farola o parapetado tras una tienda de palomitas, más interés parece despertar en el lector.
Para aquellos curiosos que se quedaron a medias con el reportaje de la revista, éste es el relato de lo hechos (o no): ese día saqué a pasear a mi perro. Se cagó y recogí con desgana su caca. Pero en vez de tirarla a la papelera la guardé en un taperware. Confieso que tengo cierta debilidad por la mierda de chucho. Así que tras zamparme un bocata de calamares en un bar cercano, saqué el recipiente dispuesta a engullir un platito de desechos a modo de postre. Con tan mala pata que acabó desparramado en mi pantalón.
"Chica de su tiempo", "Muy cívica", "Apañada". ¿Qué sabrán ellos de lo que verdaderamente hice esa tarde?

martes, 9 de febrero de 2010

Hoy Soy San Valentín


Estoy hasta el arco de tanto cursi que, en mi nombre, regala pulseritas de plata, colgantes con el osito de Tous, pitilleras de polipiel y corbatas de Mickey Mouse. A cinco días de mi celebración, ahí están todos estos supuestos enamorados, cortados bajo el mismo patrón, en estado de shock emocional, invocando mi nombre para acudir a El Corte Inglés a la primera de cambio y comprar cualquier horterada con la que demostrar ese amor enlatado que ellos creen eterno pero que tiene una fecha de caducidad más marcada que la de un bote de espárragos en conserva. Ahí están, expectantes con la llegada del 14 de febrero, que tienen marcado en el calendario con la misma ilusión que el preso que espera su primer día de libertad tras dos décadas entre rejas.
Y yo, representante del amor, dibujado para la ocasión como un inocente niño con ojos vendados que lanza sus flechas directas al corazón, parezco más un vomitivo producto de la factoría Disney que una metáfora animada del amor.
Estos días, como iba diciendo, trabajo a destajo. 24 horas atendiendo, sin descanso, los deseos consumistas, casi obscenos, de aquellos ingenuos que creen que hay que demostrar el amor únicamente el 14 de febrero. Porque toca. Porque alguien, desde su amplio despacho de la última planta de una gran multinacional señaló, con los ojos cerrados, un día en el calendario y cayó éste. Como podía haber sido el 12 de enero o el 23 de agosto.
Os lo digo yo, que por algo me llamo Valentín y tengo un Doctorado en Relaciones Personales y un par de Máster en Achuchones: la mayoría de vosotros estáis suspendidos en el arte de seducir, de ilusionar y de sorprender a vuestras parejas. Pasará el 14 de febrero y volveréis a las andadas. Ni un detalle para mantener a flote vuestras relaciones personales. Eso sí, convencidos de que con la corbata de Mickey y el colgante de Tous ya habréis hecho bastante hasta dentro de doce meses. Lamentable.

viernes, 5 de febrero de 2010

Hoy Soy la Bolsa




Dicen los que creen saber de economía que he sufrido mi peor caída desde otoño de 2008. Es cierto, pero me pregunto cómo lo han averiguado. Aquella tarde algo gris y ventosa, transportaba un tetrabrick de leche, dos botellines de agua, una barra de pan, un kilo de arroz y algo de verdura para hacer un caldo. Poco más, puesto que la señora que me me cogía por las asas era una pobre pensionista que difícilmente puede llegar a final de mes.
Recuerdo perfectamente su cara y cómo rastreó en su monedero para poder pagar los cuatros euros con veinte céntimos que costó la compra. Y no olvidaré tampoco su expresión cuando la cajera le preguntó si deseaba una bolsa para llevarse el pedido. La miré de reojo, con ganas de poder echarle un cable. "Son cinco céntimos", indicó la dependienta. La abuelita dudó un instante y finalmente aceptó. "Dame una, jovencita". Volvió a hurgar en el bolso y le entregó una moneda.
Allí estaba yo, orgullosa de poder cumplir con mi trabajo. Hasta que un inesperado tropiezo, achacado a un reuma que nunca acababa de curarse, acabó con la viejecilla y servidora en el suelo. El apio, la zanahoria y una de las botellas de agua rodaron hasta perderse dios sabe dónde, pero tuve la fortuna de evitar que la barra de pan se dañara. Se apresuró a levantarse y trató de recuperar toda la mercancía que pudo. Y en silencio nos fuimos a casa.
Sigo sin comprender cómo estos expertos en política macroeconómica, estos eruditos de las finanzas supieron de mi batacazo. Tal vez ellos se refieran a otra Bolsa pero os puedo prometer que somos nosotras -las anónimas, las que que cargamos cada día con las compras de miles de familias- las que de verdad sabemos de economía. Que vengan a preguntarnos de crisis y se dejen de tonterías sobre parqués, bonos y acciones.
Estoy deseando que me reciclen y tenga la suerte de caer en manos de uno de esos jóvenes especuladores engominados, de traje caro y zapato italiano, que nos llenan hasta arriba de berberechos y salmón ahumado. Ese día me haré el harakiri y se va a enterar de lo que es, de verdad, una espectacular caída de la bolsa.

jueves, 4 de febrero de 2010

Hoy Soy "Lucky"


Suelo comenzar siempre mi servicio con una educada pregunta al cliente para que no haya malos entendidos: ¿"Qué deseas, amor? ¿Te la chupo o prefieres que te haga una pajilla para calentar motores?" Soy tailandesa, tengo 43 años y he llegado a la conclusión de que, en esta vida, hay que ser señora... en la calle y en la cama.
Durante los más de diez años que llevo prostituyéndome jamás un solo cliente ha mostrado una queja o ha quedado insatisfecho. Él pide y yo cumplo. Eso sí, siempre siguiendo escrupulosamente las leyes de mercado: cada servicio tiene su precio. De la misma forma que una baguette no vale lo mismo que una barra de pan rústico ni una entrada para ver el Getafe- Almería lo mismo que un Barça-Madrid.
Una noche, Mario. D, de 25 años, se plantó frente a la habitación 309 del Euros Center Haus, el prostíbulo de Leipzig donde ofrezco mi cuerpo, y contrató la tarifa estándar. A saber: chupada acelerada y polvillo placentero por el módico precio de 50 euros.
Le pareció poco. Me pidió que le pegara y me negué. "O me das una buena somanta de ostias o llamo a la policía", amenazó. Dicho y hecho. Media hora más tarde, una patrulla me detuvo por supuesto incumplimiento de contrato y ahora todo este embrollo está en manos de un tribunal alemán, que en los próximos días ha de decidir sobre la causa. Ver para creer.
A ver, tontolaba, voy a tratar de dejártelo muy claro: si quieres que saque el látigo, el precio se dispara. Una paliza como dios manda no baja de los 150 euros. ¿O crees que todas las putas, por el hecho de serlo, somos también tontas? Tipos como tú llegáis con el billete en la boca y os creéis con derecho a humillarnos sólo porque nos dedicamos a comerciar con nuestro cuerpo. Tratáis de someternos porque soltáis la pasta. Y os olvidáis de que esto no es otra cosa que un contrato entre partes: tú, un salido necesitado de chocho, y yo, una profesional del sexo.
Bien pensado, ahora me lamento de no haberte dado una paliza inolvidable. Te habrías ahorrado 100 euros de mi servicio pero habrías necesitado mucho más dinero para comprar una silla de ruedas. Y luego, con la columna rota, ve a llorarle a mamá. Cuéntale la verdad de nuestro encuentro. A ver qué piensa....

miércoles, 3 de febrero de 2010

Hoy Soy Charlie Simpson


Además del apellido, algo más me une a Bart: el color. Él pasea su amarillo limón dasde hace más de 20 años por los hogares de medio mundo. Yo, en cambio, he puesto rojo a más de uno con una iniciativa tan sencilla como eficaz.
Hace tres semanas quedé impresionado por las imágenes del terremoto de Haití y decidí subirme a una bicicleta para recorrer South Park tantas veces como fuera necesario hasta recaudar algo de dinero para aquella gente desamparada. Me puse un objetivo: 500 libras (700 euros). A fecha de hoy, he reunido más de 200.000 euros gracias a las aportaciones anónimas de miles de ciudadanos.
Sólo tengo siete años pero he demostrado que, a veces, las pequeñas iniciativas crean un terremoto de solidaridad mucho más eficaz que las grandes campañas institucionales, trufadas de promesas difícilmente realizables.
En ocasiones, el éxito de una campaña humanitaria radica precisamente en la capacidad absolutamente espontánea de convencer al donante de que su ayuda es necesaria. Sin grandes alardes, sin grandes titulares, con pequeños gestos. Frente a la potente maquinaria de las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, me propuse un reto tan ingenuo como cercano. Y la gente entendió el mensaje.
Aún sigo, cada tarde, al volver de clase, colocándome el casco y subiéndome a mi mountain bike, dispuesto a seguir pedaleando un par de kilómetros al día para lograr que la tragedia haitiana no caiga, de la noche a la mañana, en el olvido.
Nunca seré tan conocido como Bart pero os puedo asegurar que en mi barrio de las afueras de Londres estos días se habla mucho más de mí que del hijo de Homer Simpson.

www.justgiving.com/CharlieSimpson-HAITI


martes, 2 de febrero de 2010

Hoy Soy John Terry


Ahí estoy yo, jugando un partidazo. Miro de reojo a mi compañero de equipo, Wayne Bridge, pero decido seguir sólo. Soy un chupón y me gusta meterla sin contar con nadie. Cañonazo y hasta el fondo por todo el centro. Acabo de marcar el mejor tanto de la temporada.
Me felicita...por el polvazo, se incorpora de la cama y se fuma un pitillito. Vanessa Perroncel aún gime entre las sábanas cuando decido llamar a mi mujer, Toni Poole, con la que llevo casado varios años. "¿Qué tal cariño? ¿Cómo están los niños. Sí, yo también te quiero..." Mientras le prometo con voz amorosa que esta tarde llevaré a los dos pequeños al parque, Vanessa -haciendo honor a su nombre- me toca el rabo y me la pone tiesa. Desde el pasado mes de septiembre hasta ahora que acaba de saltar el escándalo, me he estado tirando a esta espectacular modelo francesa de lencería, esposa de mi íntimo amigo Wayne, con el que he compartido 5 años como jugador del Chelsea y más de una confidencia.
¿Qué lleva a un tipo como yo, que gana 10 millones de euros al año, recientemente elegido "Padre del año", capitán de la selección inglesa, idolatrado por los niños y adorado por los medios de comunicación de mi país, a tirarse a escondidas a la mujer de su mejor amigo?
Tal vez esta fábula, de la película "En el nombre del Padre", aporte algo de luz a esta sinrazón en la que me he metido: "Erase una vez un escorpión que quería atravesar un río. Puesto que no sabía nadar propuso a una rana que le llevara al otro lado. La rana, lógicamente, se opuso. "Si te llevo, me picarás a mitad trayecto y nos hundiremos los dos", le argumentó. "Te juro que no lo haré", le prometió con vehemencia el insecto. La rana meditó las palabras y finalmente aceptó. Sin embargo, a mitad trayecto, notó un fuerte pinchazo. ¿"Por qué me has picado? Ahora no hay marcha atrás, moriremos los dos", se lamentó el batracio. Mientras se hundían el escorpión sólo alcanzó a responder: "Lo siento, soy un escorpión, no puedo evitarlo".
Bajo la imagen de éxito creada artificialmente a mi alrededor y la voracidad consumista de una docena de patrocinadores publicitarios, sigue existiendo un tipo conflictivo, infiel reconocido, bebedor, criado en una barriada marginal, sin casi formación y cuyos pilares educacionales son jodidamente frágiles.
Mi padre fue sorprendido hace tres meses vendiendo farlopa en un bar en el barrio de Essex. Pocos meses antes mi madre fue detenida tras robar en unos grandes almacenes. Se supone que ellos eran el reflejo en el que mirarme cuando era un crío. ¿Qué puedo esperar?
Aún me queda por ganar el partido más difícil de mi vida: el que me ha de enfrentar a Escorpión C.F ¿Alguien se atreve a pronosticar el resultado final?

lunes, 1 de febrero de 2010

Hoy Soy Beyoncé


(Publicado en mayo y actualizado para la ocasión)


De repente me encuentro en Viena, una urbe que me importa un coño si la comparamos con Houston, mi ciudad natal. Que me ponen delante a ese tal Mozart, yo les respondo que donde esté Britney Spears que se quite el sordo. Que me llevan a visitar la Ópera, les replico que no hay nada como el estadio de los Yankies de Nueva York repleto de fans gordas, hinchadas a palomitas, jaleando mi nombre. Que me llevan a comer al restaurante Sacher a probar el plato más famoso de Austria, el tafelspietz, contraataco con un Whopper, doble ración de queso y mucha mostaza. Que me llevan a un museo, acude mi doble y así les doy esquinazo.

Eso es precisamente lo que ocurrió hace unos meses en la capital austriaca: me programaron una visita al museo Albertina. Y por aquí no paso. Yo prefiero cultivar mi gran pasión: comprar trapitos. Por eso envié a un peazo negra, calco de servidora, a cubrir el marrón. Mientras los responsables del museo, uno de los más importantes del mundo, con obras de Cézanne y Picasso, se deshacían en elogios y me dedicaban todos los honores imaginables, yo paseaba mi culo por la principal arteria comercial de la ciudad. Que si un bolsito de Louis Vuitton, que si un pañuelo de Prada, que si....

Bajo el breve pero esperanzador título “Cultura” iniciaba Manuel Vicent un inolvidable artículo escrito hace ya casi dos décadas con la siguiente pregunta: ¿Sabría Ortega y Gasset distinguir un nabo de una zanahoria? La cultura, venía decir el escritor valenciano, es la suma de vivencias que se adquieren a lo largo de nuestra existencia. Cultura es leer a Capote pero también plantar una lechuga. Cultura es engullir un Big Mac pero, también conocer a los grandes pintores.

No leo ni cultivo hortalizas. En cambio he desarrollado la “virtud” de gastar dinero. Yo, a la que millones de jóvenes de todo el planeta toman como ejemplo, prefiero pasearme por unas galerías comerciales antes que disfrutar de una obra de Klimt.

Sí, soy la primera mujer que más premios Grammy ha ganado en una sola noche (seis, para ser exactos, en la 52ª gala celebrada este fin de semana en Los Ángeles) pero tanto record no borra una realidad mucho más triste: soy una zoquete.