miércoles, 6 de mayo de 2009

Hoy Soy Beyoncé



De repente me encuentro en Viena, una urbe que me importa un coño si la comparamos con Houston, mi ciudad natal. Que me ponen delante a ese tal Mozart, yo les respondo que donde esté Britney Spears  que se quite el sordo. Que me llevan a visitar la Ópera, les replico que no hay nada como el estadio de los Yankies de Nueva York repleto de fans gordas, hinchadas a palomitas, jaleando mi nombre. Que me llevan a comer al  restaurante Sacher a probar el plato más famoso de Austria, el tafelspietz,  contraataco con un Whopper, doble ración de queso y mucha mostaza. Que me llevan a un museo,  acude mi doble y así les doy esquinazo. 

Eso es precisamente lo que ocurrió hace escasos días en la capital austriaca: me programaron una visita al museo Albertina. Y por aquí no paso. Yo prefiero cultivar mi gran pasión: comprar trapitos. Por eso envié a un peazo negra, calco de servidora, a cubrir el marrón.  Mientras los responsables del museo, uno de los más importantes del mundo, con obras de Cézanne y Picasso, se deshacían en elogios y “me” dedicaban todos los honores imaginables, yo paseaba mi culo por la principal arteria comercial de la ciudad. Que si un bolsito de Louis Vuitton, que si un pañuelo de Prada, que si.... 

Bajo el breve pero esperanzador título “Cultura”  iniciaba Manuel Vicent  un inolvidable artículo escrito hace ya casi dos décadas  con la siguiente pregunta: ¿Sabría Ortega y Gasset distinguir un nabo de una zanahoria? La cultura, venía  decir el escritor valenciano, es la suma de vivencias que se adquieren a lo largo de nuestra existencia. Cultura es  leer a Capote pero también plantar una lechuga. Cultura es engullir un Big Mac pero, sobre todo, conocer a los grandes pintores.

No leo ni cultivo hortalizas. En cambio he desarrollado la complicada “virtud” de  gastar dinero. Yo, a la que millones de jóvenes de todo el planeta toman como ejemplo, prefiero pasearme por unas galerías comerciales antes que disfrutar de una obra de Klimt. Sí, soy una inútil. Forrada, pero inútil. 

lunes, 4 de mayo de 2009

Hoy Soy Ivonete Pereira


Me había ganado unas pequeñas vacaciones en Lauro de Freitas, no muy lejos de Salvador de Bahía. Cogí el autobús con la ilusión de quien abandona la ciudad para perderse unos días en el campo. A la altura del barrio Boca do Río, unos tipos asaltaron el autocar. En estos casos, por desgracia demasiado frecuentes, una suele acceder a las exigencias de los asaltantes, consciente de que su vida vale más que un puñado de monedas. 
Pero la inesperada aparición de un policía cambió el rumbo de los acontecimientos. Se produjo un tiroteo y una bala perdida impactó en la parte izquierda de mi tórax. Tenía todos los boletos para engrosar la lista de aquellos desgraciados que abren las páginas de Sucesos de cualquier diario local en Brasil. Pero ocurrió algo maravilloso. Los 150 reales (unos 60 euros) que escondía en la parte izquierda de mi sujetador amortiguaron el impacto del proyectil. Y me salvaron la vida. 
Estoy hecha un lío. Si no hubiese ahorrado en estos momentos sería un maldito fiambre. Pero ahora que estoy vivita y coleando quiero gastarlo todo para celebrar que sigo viva. Lo que son las cosas.
Más de un banco podría utilizar mi historia para argumentar que el ahorro es la base sobre la que se cimienta nuestra salvación económica y se construye un futuro seguro. Yo, en cambio, prefiero pensar que gracias a aquel proyectil me pagaré una farra inolvidable. A vuestra salud.