miércoles, 29 de abril de 2009

Hoy Soy Frank Sinatra


Llevo once años a dos metros bajo tierra. Voy tirando como puedo. Vale, no es el paraíso pero, coño, es que estoy muerto. Estos días, sin embargo, me siento especialmente feliz porque, según una encuesta que acaba de ver la luz ( ¡Ay, la luz, cómo la echo de menos!), "My way" ha sido elegida la canción preferida por el público de medio mundo para despedir a sus seres queridos. Vamos, que al sonar los primeros acordes "And now, the end is near,  and so I face the final curtain, My friend, I'll say it clear, I'll state my case, of which I'm certain...", con el fiambre en primera fila, les pongo los pelos de punta. Nunca se me pasó por la cabeza que también lograría el Top Ten del Más Allá. La banda sonora de una vida no se puede resumir con unas notas musicales pero me parece emotivo que la gente recurra a la música para homenajear a un ser que se ha ido.   Yo, en cambio, si volviera a morirme, desearía que en mi funeral sonaran unas notas de la canción "Margarita", de Manzanita. 
Aunque si hay algo que me ha provocado una sonrisa que no puedo borrar de mi cara es saber que, entre los temas favoritos para iluminar musicalmente un entierro, se ha colado el Highway to Hell, de AC/DC. Esta inolvidable autopista al infierno es el mejor guiño para hacerle un divertido corte de mangas a la muerte. Sólo entendiendo que no hay nada ahí abajo sabremos disfrutar de cada uno de los placeres que nos pone en bandeja la vida. Os lo digo yo, que llevo más de una década enterrado. Que otro muerda el polvo, querido Mercury. 

martes, 14 de abril de 2009

Hoy Soy Mark Coghill


Nos besamos con ardor y sin pudor, como habíamos hecho tantas veces antes. Era mi cumpleaños y quisimos celebrarlo por todo lo alto.  Mi noche, nuestra noche. Vodka y una caja de preservativos.  Tracy (en la imagen) me recriminó  no poder quedarse embarazada. Sé que le hacía especial ilusión tener un hijo pero no respondo de mis espermatozoides. Van a su aire.  La abracé y traté de consolarla. Ella me miró y me pidió que la besara de nuevo.  Noté un fuerte dolor en la lengua. Traté de separarme pero ella chillaba y movía la cabeza de un lado a otro, los ojos hinchados, las mejillas rojas. Abrió su boca y, entre sus dientes, pude observar, desconcertado, un pedazo de mi lengua. La escupió con desdén, emitió un sonido que asemejé a un pequeño orgasmo y desapareció.  Creí adivinar en su mirada que aquella lengua olvidada en el suelo era su particular trofeo por no haberle procurado el añorado vástago. Lo que son las cosas: la inapetencia sexual de mis espermatozoides me puede dejar mudo para el resto de mi vida.
Creemos que, de alguna forma, nos pertenece la vida de aquellos que nos quieren. Bajo esta errónea percepción vital se esconde una de más atroces formas de violencia: la de género. El único consuelo que me queda es que, además de los 3 años de cárcel, Tracy no volverá a darme un beso. Ni uno de esos de tornillo que tanto nos gustaban...

miércoles, 8 de abril de 2009

Hoy Soy María D´Antuono


Cuando noté que la tierra temblaba se me vino el mundo encima. Morir, a mi edad - tengo 98 años-, no es algo que me obsesione.  Pero no acabar los calcetines de lana que llevo días tejiendo es un castigo que no merezco. Si he de palmarla, que sea con los guantes puestos. Y con el jersei que tejí hace unos días para mi nieto. Y con la chaquetita de punto para mi nuera. Y con los calzoncillos de macramé para mi hijo.  Hacer ganchillo durante treinta horas ha sido mi tabla de salvación.  
Recuerdo aquel terremoto de hace unos años en algún país asiático de influencia musulmana. Tras cuatro días sepultada bajo un montón de escombros, los equipos de rescate encontraron a una mujer con vida. Y ahí estaban también las cámaras de televisión para dejar constancia de aquel momento de esperanza. Ella, que había pasado tantas horas bajo centenares de piedras, ella que le vio las orejas al lobo, ella que sollozó durante más de setenta horas, volvía a ver la luz. Pero no olvidaré jamás su primer gesto al comprobar que había periodistas frente a ella. Se dio media vuelta y se colocó su velo.  Ese fue su primer gesto. Nada de sollozos, nada de abrazos, nada de agradecimientos. Aún hoy, aquella imagen me acompaña. 
La capacidad del ser humano ante situaciones que le llevan al límite no dejará jamás de sorprenderme. Yo me dejé seducir por el ganchillo. Entre agujas, hilo de coser y ovillos de lana, nunca perdí la esperanza en ser rescatada. Sólo así se puede llegar a entender porqué la vida es tan grande.  

lunes, 6 de abril de 2009

Hoy Soy James Brewer


Con un hilo de voz me propuse confesar el secreto que supe guardar durante más de tres décadas. Estaba al borde de la muerte por culpa de un inesperado derrame cerebral y pensé que había llegado el momento de contar la verdad. En 1977 maté en Tennessee, cuna de un güisqui excelente, a mi vecino, un chaval que entonces sólo tenía 20 años de edad. ¿El motivo? Un ataque de celos. Jimmy Carroll, que así se llamaba el imberbe, intentó seducir a Dorothy, mi mujer. Y por ahí no paso, no señor. Me lo cargué de un certero tiro en el abdomen y me largué con ella a Oklahoma donde he logrado evitar mi encarcelamiento durante estos 32 años. Hasta que el maldito derrame ha hecho aflorar en mí ese sentimiento de culpa que me ha acompañado (o eso creo) durante todo este tiempo.  Y he confesado ante la policía, consciente de que me quedaban pocas horas de vida. Sí chicos, yo la maté. Pero lamento anunciaros que me muero y que ya no me podrán juzgar por aquello. Así que, au revoir.
¿Hasta siempre?
No sé cuanto tiempo llevo durmiendo. Continúo en la misma habitación en la que confesé a unos polis mi implicación en el asesinato. Sigo vivo pero estoy atado con unas esposas a la cama. Y lo más fascinante de todo es que ahora me enfrento a una pena de muerte por asesinato. 
¿Quieres que te cuente un secreto? Pon el corazón. No suelo fallar con mi primer disparo. 

miércoles, 1 de abril de 2009

Hoy Soy Bus


Me he levantado pronto esta mañana. Tenía preparado un gran bol de leche, como cada día. Uniforme oficial, gorra y al trabajo. Soy jefe de estación de Aizuwakamatsu, en la provincia de Fukushima, en pleno centro de Japón. Mi principal misión es reactivar el alicaído uso de los ferrocarriles en mi país. Hasta aquí todo normal, salvo por un pequeño detalle al que no le doy la menor importancia: soy un gato. Sí, coño, un felino. Ya sabéis: mostacho, cuatro patas, pelos por el cuerpo y siete vidas. 
Pero he de confesar que estoy un pelín jodido. Esto no es lo mío. De entrada porque llamarme Bus y promocionar trenes me parece una absurda contradicción. Además, prefería mi anterior trabajo como meteórologo en un canal de televisión local. Ya sé que más de uno estará pensando que todo esto suena a coña. Pues hablo muy en serio, queridos. 
Todo empezó hace tres años, cuando a una colega, Tama (la que aparece en la foto que ilustra esta crónica), la nombraron responsable de la estación de Kishi. La idea era reactivar el número de viajeros, que últimamente ha caído en picado por culpa de esta crisis galopante. Ella tiene suerte: luce una vistosa capa y se deja ver con orgullo y cierta pedantería en la cabina del conductor. Su presencia ha logrado incrementar en cerca de trescientos mil el número de pasajeros que cada año se acercan a la estación. 
Ahora espero con ilusión mi próximo destino. Me he negado en redondo a que me paguen en especies -nada de sardinas-, he exigido una casa cerca de la de Mónica Bellucci y, por supuesto, jornada reducida. Acabo de contratar a un representante que me ha prometido que está a punto de alcanzar un jugoso acuerdo. De entrada me ha sugerido que le añada una H a mi nombre. Asegura que, como Bush, tengo un prometedor futuro haciendo mil guarradas. Ya lo veo en letras grandes: Bush, el gatoporno. Para que luego digan que de la crisis no se pueden extraer oportunidades laborales. Por 30 euros te la chupo mientras te avanzo el tiempo que hará mañana. ¿Te interesa?