viernes, 23 de julio de 2010

Hoy Soy Peter Brixtofte


Saben aquel de un alcalde danés y un presidente de la Diputación de Castellón que se encuentran por la calle y el danés le dice al español "Joder tío, me han caído 2 años de cárcel por pagar mis vinos con dinero público". Y el gordito con gafas y cara de facha le contesta, "pues en mi país yo brindo con vino a diario porque amí, con la que he líado no me caen ni dos años de cárcel".
Tras veinte años al frente de la alcaldía de Farum, el municipio más próspero de la boyante Dinamarca, hace un par de años ingresé en prisión por haber financiado con dinero público los numerosos y selectos caldos que bebía de forma reiterada en mis reuniones de trabajo. Un ejemplar castigo a un cargo político impensable en un país como España, más próximo a la peineta y la pandereta que a una nación desarrollada.
De otra forma no se entiende que Carlos Fabra siga al frente de la diputación de Castellón después de tantos años de sangrar con una impunidad alarmante las arcas públicas. Bajo esa apariencia de ministro franquista, el señor Fabra se ha dedicado durante lustros a robar todo lo que se le ponía al alcance bajo la mirada cómplice de su partido. Eso sí, de momento hay que poner delante siempre la palabra presuntamente, a pesar de que el fiscal solicita para este ladrón ( uy, perdón, presunto ladrón) de medio pelo más de quince años de cárcel. Tal ha sido la libertad con la que este tipejo orondo con sonrisa de delincuente (aquí no hace falta poner la palabra presunto porque me refiero a la sonrisa no al personaje) ha actuado durante años que uno se pregunta perplejo hasta qué punto los miembros de su partido, el PP, verdaderamente le temen.
Y mientras yo me enfrento estos días a una nueva y justa condena de dos años por corrupción reiterada, en España una banda de políticos de derechas y de izquierdas se ampara en una legislación demasiado permisiva para llenar sus bolsillos a costa de los ciudadanos. Sin que nadie lo remedie.
A vuestra salud, malditos corruptos

Hoysoymúsica

viernes, 16 de julio de 2010

Hoy Soy Adolek Kohn


Sé que a más de uno no le ha gustado mi baile. Lo han considerado irreverente, fuera de lugar e, incluso, un desagravio hacia el honor de los familiares de muchos exterminados. Pero, qué cojones, yo viví aquello y sólo permito a los que también padecieron la crueldad del nazismo en primera persona que me miren a los ojos y me digan que no he actuado correctamente. A todos los demás mojigatos les sugiero, con respeto, que cierren sus bocas. Y, por supuesto, no consiento que abran la suya el resto de los mortales a los que los campos de concentración no les han rozado ni de lejos.
Soy judío y tengo 89 años. En pleno fervor del nazismo fui deportado a Auschwitz. Afortunadamente el destino no me tenía reservada la cámara de gas. En el ocaso de mi vida, mi hija Jane Korman, me propuso hace un año grabar un videoclip para celebrar que sobreviví a la matanza. Acepté su propuesta sincera como una forma de lanzar un mensaje al mundo: escapé al horror y logré sobrevivir. Por esta razón, nada más apropiado que I will survive, el hit de Gloria Gaynor. En este documental casero, aparezco junto a mi hija y mis tres nietos bailando una cuidada coreografía con la música de la Gaynor como telón de fondo frente a las puertas del campo de concentración más famoso del mundo en el que puede leerse la más macabra de las frases imaginables: El trabajo os hará libres.
Sí, danzo junto a los seres que más quiero bajo unas estrofas que resumen a la perfección mi paso por esta estación del horror: "sobreviviré. Mientras sepa como amar, sé que estaré vivo. Tengo toda mi vida para vivir, tengo todo mi amor para dar. Sobreviviré".
Más de medio millón de personas tuvieron la oportunidad de ver el videoclip en Youtube desde el pasado mes de enero. Sin embargo, lo han censurado recientemente, tal vez presionados por un grupo de descontentos que no llegan a comprender la esencia del mensaje. Yo sólo pretendía rendir homenaje al espíritu de supervivencia del ser humano. Un original y nada hiriente canto a la vida. ¿Tan difícil es de entender?

hoysoymúsica

Hoy Soy Javier


Tengo seis años y una terrible parálisis cerebral que obliga a mis padres a pagar una costosa terapia personalizada en un hospital de Filadelfia. La noche de la final del Mundial de Fútbol de Sudáfrica me senté frente al televisor y perseguí con la mirada a Iniesta. Mientras los ojos de medio mundo veían a un jugador generoso con el balón y habilidoso en el regate yo además encontré en aquel ser excepcional a una persona sin la cual posiblemente hoy no podría aún comunicarme con mis padres.
Su gesto solidario, tras marcar el gol que vale un campeonato, de quitarse la camiseta y homenajear a su amigo Dani Jarque, le ha valido el reconocimiento unánime de la afición y los medios de comunicación. Pero este hombre sencillo, que aglutina como pocos deportistas planetarios los valores más admirados del ser humano, ha hecho algo por mí absolutamente mágico. Y cuyo valor moral alcanza cotas incluso muy superiores al gesto hacia Jarque.
Hace un año mi tía le envío una carta contándole mi situación y junto a ella una camiseta del Barça para que la firmara. Pretendía, de esta sencilla manera, celebrar una pequeña rifa con la que ayudar a costear mi tratamiento al otro lado del Atlántico. Pero Andrés y su familia me enviaron las zapatillas amarillas con las que marcó el golazo en el último suspiro de las Semifinales de la Champions contra el Arsenal. En silencio, sin estridencias, sin dar publicidad a su gesto solidario.
Gracias a aquel acto mágico, mis padres hicieron una nueva rifa y consiguieron recaudar más de cien mil euros con los que financiar mis constantes viajes a Filadelfia. Tengo cubiertos los cinco próximos años de tratamiento médico. El ganador nunca apareció y ellos han decidido ahora realizar una nueva subasta con la que obtener más recursos.
Yo, aquel domingo inolvidable, no pude ver el gol de Iniesta. Me dormí junto a mis padres, en el sofá de casa, antes de que acabara el partido. Pero esa noche me desperté en la oscuridad de mi habitación y me sentí de repente extrañamente feliz.

miércoles, 14 de julio de 2010

Hoy Soy Sakineh Ashtiani


La primera piedra impacta sobre mi frente. No es un pedrusco demasiado grande pero noto como cruje mi cráneo y el dolor se hace insoportable. La sangre se desliza por mi sien, recorre mis mejillas y alcanza los labios. La segunda rebota violentamente en mi hombro y escucho el crujir del hueso. Sólo recuerdo una más. La tercera golpea mi nuca con tanta virulencia que advierto, malherida, como mi cabeza casi se desprende del cuello. Luego, una lluvia interminable de piedras, pedruscos, y pequeñas rocas que amoratan mi cuerpo. Deseo que esto acabe cuanto antes pero ninguna de ellas logra matarme. Vamos chicos, acertad cuanto antes. Únicamente suplico que este infierno finalice. Más piedras. La imagen es dantesca. Ya no veo nada, sólo escucho levemente la ira con la que mis verdugos cumplen su cometido, amparados por el código penal iraní. Mi cráneo ya no se sostiene. Aún estoy viva.
Si hubiera podido escarbar en la tierra que me ata a esta barbarie y escapar de esta jauría desatada, habría quedado en libertad. Así lo indica la sharía. Pero incluso para esto, la ley islámica diferencia entre hombres y mujeres. Ellos, hasta la cintura. Nosotras hasta el pecho. La posibilidad de escapar es, en nuestro caso, nula.
Estoy aquí, recibiendo una cruel lluvia de piedras porque supuestamente he sido infiel. Irán, como otra decena de países islámicos de corte radical, castiga sin miramientos cualquier relación sexual fuera del matrimonio. De la misma forma que fustiga la homosexualidad (oficialmente no es un delito pero en la práctica muchos gays han sufrido la ira intolerable del Estado).
En mi país otras siete mujeres y tres hombres sufrirán, si la presión internacional no lo remedia cuanto antes, la misma suerte que la mía. Centenares de piedras acabarán con sus vidas en un intento devastador por alargar sus agonías. Porque esta norma penal no deja lugar a dudas: debemos ser golpeados hasta la muerte "con piedras que no sean ni demasiado grandes como para matar inmediatamente ni demasiado pequeñas como para no ser consideradas piedras".
Una locura para quedarse literalmente de piedra.


Sakineh aún no ha sido lapidada. Presiona. Amnistía Internacional

martes, 13 de julio de 2010

Hoy Soy Roman Polanski


Me he quitado la pulsera y, con ella, el peso de la sinrazón. Nada me hacía más ilusión, obviamente, que recobrar la libertad tras diez largos meses. Pero no sólo por el placer de moverme sin ataduras sino porque he sido la absurda metáfora de un encarcelamiento mediático, alentado por un fiscal, Steve Cooley, con aires de estrella que ha llevado mi caso a unos límites insospechados.
Mis detractores argumentarán una y mil veces que abusar sexualmente de una niña de trece años es un acto tan deleznable que no admite caducidad alguna. Por mucho que hayan pasado tres décadas. Bajo este prisma, ciertamente defendible, debería cumplir una pena acorde a esta actuación despreciable. Nada que objetar desde este punto de vista. Aunque estos defensores a ultranza de una moral de doble rasero se olvidan de que me pudieron detener en cualquier momento desde hace años pero, paradójicamente, no movieron jamás ni un dedo. ¿Por qué?
Sin embargo, hay demasiados errores judiciales en mi historia que chirrían como una puerta mal engrasada. Cumplí una pena de 42 días tras un acuerdo con el juez y tras pagar medio millón de dólares a la víctima, Samantha Geiner, que desde hace años insiste en que quiere pasar página, que me ha perdonado, que no hay que reabrir el caso.
Me he convertido en el paradigma del despropósito del sistema judicial estadounidense cuya maquinaria propagandística no diferencia entre aquellos casos que merecen seriamente ser reabiertos de aquellos que sólo pretenden la publicidad planetaria.
En un país en el que año tras año decenas de ciudadanos son achicharrados en la silla eléctrica sin los mínimos derechos constitucionales a un juicio justo, sus fiscales prefieren no escatimar medios para verme entre rejas. Deberían escarbar en sus cloacas judiciales antes de tratar de limpiar las tuberías del resto del mundo.
Estoy libre no por ser un director de éxito como algunos han tratado de justificar repetidamente sino porque realmente mi encarcelamiento jamás debió producirse.

lunes, 12 de julio de 2010

Hoy Soy Campeón


I have a dream that one day every valley shall be exalted, every hill and mountain shall be made low, the rough places will be made plain, and the crooked places will be made straight, and the glory of the Lord shall be revealed, and all flesh shall see it together.

Martin Luther King. Washington. 28 de agosto de 1963

I have a dream today: Spain is Football World Champion.

jueves, 8 de julio de 2010

Hoy Soy La "Oranje"


Y el agujero del culo se me hizo pequeño, pequeño, pequeño tras ver el partido de España en la Semifinal....

miércoles, 7 de julio de 2010

Hoy Soy Paul


La que estoy liando por unos simples mejillones. Llevo acertando uno tras otro, por puro azar, los resultados de la selección germana en el Mundial de Fútbol de Sudáfrica. Mi proeza es tan absurda como casual y, sin embargo, media Alemania sigue con un fervor casi religioso mis movimientos en el interior de la pecera en la que resido desde hace un mes.
Hasta el punto de que en mi última aparición pública para dilucidar el ganador del partido de esta noche entre Alemania y España, una veintena de cadenas de televisión retransmitieron en directo, como si de una trascendental comparecencia de la canciller alemana Angela Merkel se tratara, mis fechorías acuáticas.
Me decanté, sin ser realmente consciente de mis actos, por los moluscos ubicados en la caja española y mi decisión ha provocado una tormenta en el país teutón, para alegría, no obstante, de los aficionados españoles. Tanto revuelo por una chorrada semejante. Quien me lo iba a decir.
En el fondo no soy más que un producto artificial, salido del imaginario de algún iluminado. En forma de bicho con tentáculos. Pero podría haber sido una urraca, un cerdo o una cucaracha. Lo único cierto en toda esta historia es que la gente necesita constantemente aferrarse a pequeñas ilusiones como si sus vidas no resultaran lo bastante satisfactorias. Ya sea un boleto de lotería o un pulpo como yo. Mientras, los medios de comunicación se frotan las manos sabedores de que les estoy dando cada noche unos valiosos minutos con los que rellenar las páginas de los diarios y las crónicas sociales de los noticieros televisivos.
Si finalmente gana España tengo todos los boletos de acabar mañana mismo en una sartén germana, acompañado de unos ajitos, unas patatas hervidas y un chorrito de aceite. Si es Alemania la que se lleva el gato al agua, aguantaré cuatro días más en mi pecera. Pero sea como sea, sé muy bien que el lunes a media tarde acabaré en la pancha de algún orondo alemán. Tanto puto acierto para finalizar así. Perra vida.

martes, 6 de julio de 2010

Hoy Soy Lizzie Velásquez


Fijaos en la foto. Una mujer de ojos tristes, mirada cansina, cuerpo huesudo y brazos cruzados mira a la cámara con cierta indiferencia y un hilo de resignación ante una escena dantesca. Frente a ella, decenas de bolsas de comida basura. Decenas de paquetes de plástico atiborrados de ganchitos, patatas fritas y toda suerte de productos con miles de calorías. Productos con la seña de identidad de Estados Unidos, el país del que procedo.
El periodista del Daily Mail que vino a entrevistarme para dar a conocer al mundo mi terrible enfermedad ordenó al fotógrafo que me situaran frente a toda esta comida de quita y pon y así dotar de más "fuerza emocional" al entorno. Creo recordar que utilizó exactamente esta palabra: fuerza. Pero en el fondo se refería a "morbo", un palabro muy extendido entre algunos pseudo periodistas en busca de carnaza.
De hecho, hay tantos envoltorios de comida en el costado izquierdo de la foto que se pierden intencionadamente hasta el infinito. Como si este matarife de las instantáneas pretendiese convencer absurdamente al lector de que la comida es inacabable.
La foto ha dado la vuelta al mundo y posiblemente el redactor haya recibido ya la palmada en la espalda del jefe de redacción, que ya le ha encargado un nuevo trabajo periodístico a la altura de éste último.
Es, por poner un símil, como si para contar la historia de un pobre niño ciego, que perdió la visión tras un bombardeo en Afganistán, fotógrafo y periodista optaran por ubicarlo frente a un árbol de navidad con centenares de lucecitas de colores. El niño observando al infinito, con la mirada perdida y el corazón revuelto. O como si a una niña diabética la situaran frente a una gran mesa repleta de chucherías, de caramelos y golosinas con la malvada intención de enfatizar el cruel contraste entre lo que no podrá comer jamás y lo que el mundo pone a su disposición.
Tal vez mi historia sea lo de menos. Sólo os diré, para el que quiera escucharme, que a mis 21 años trato de sobrevivir. Y que mi terrible enfermedad, de la que los expertos aún desconocen la causa, me obliga a comer cada 15 minutos. Día y noche. Así para siempre.
Pero, por encima de todo, os aseguro que, aún pesando sólo 27 kilos y siendo parcialmente ciega, estoy más en paz conmigo misma que los profesionales del Daily Mail que decidieron contar al mundo, de esta forma tan poco ética, mis enigmáticas dolencias.

lunes, 5 de julio de 2010

Hoy Soy Donald Ritchie


¿Por que no vienes a tomar un té a mi casa y charlamos tranquilamente? Desde hace medio siglo vengo repitiendo esta frase, con un nudo en la garganta y una fe inquebrantable. Sé que si estoy planteando esta sencilla pregunta es porque aún estoy a tiempo. A tiempo de salvar una vida. A tiempo de hacer recapacitar a alguien que no ve luz al final del túnel. A alguien que ha perdido definitivamente toda esperanza. Más de 160 personas han aceptado mi invitación a lo largo de 50 años. Un té, unas pastas y algo de conversación a cambio de no saltar al vacío.
Cerca del puerto de Sydney hay un acantilado rocoso llamado The Gap al que hombres y mujeres desesperados acuden con la única intención de acabar de una vez por todas con una vida que sólo les provoca tristeza. A pocos metros de aquel paraje tan bello como macabro, resido yo. Cada tarde, frente a la ventana de casa, oteo el perfil agreste con mis prismáticos en busca de gente sin esperanza. De gente que ha dicho basta.
Pero no siempre he llegado a tiempo. A veces, los poco más de 300 metros que separan mi casa del acantilado se antojan eternos para un anciano como yo, que ya ha cumplido con creces los 80 años. En otras ocasiones mi invitación a té y a una charla sin compromiso no han sido suficientes argumentos para evitar el salto a la nada.
Nuestra vida nos pertenece y tenemos derecho a hacer con ella lo que nos venga en gana. No soy yo quien deba juzgar las razones por las que alguien desea dar carpetazo a la suya. Sin embargo, a veces, basta un pequeño gesto para cambiar el rumbo de nuestros destinos.
Nada tiene más valor que escuchar -y ofrecer- unas palabras reconfortantes en el momento preciso. Y este consejo vale para cualquier momento de nuestra existencia, por insignificante que a veces nos pueda parecer. Haz la prueba.

Donald Ritchie acaba de ser nombrado Ciudadano del Año en Australia por evitar la muerte de más de 160 personas