martes, 31 de enero de 2017

Hoy Soy la Electricidad


El sistema parece sencillo: me compran en subasta a distintos proveedores eléctricos (empezando por los más pequeños) hasta llegar a cubrir el consumo diario que exige el mercado. Pero, curiosamente, todos ellos cobran el precio que marca el último de estos vendedores de kilovatios: el más alto en la puja. Es decir que si Endesa vende a 1.000 pero no cubre las necesidades y el Estado acude a Hiberdrola, que vende a 1.400, ambos -Endesa e Hiberdorla- se embolsan 1.400. Chollazo,¿no?

Propongo desde aquí que esta fórmula mágica se aplique a otras negociaciones que te afectan a diario, querido lector. A saber:

1. La negociación del sueldo. Imagina por un instante que acudes a media docena de entrevistas de trabajo. Sugiero que, por esta regla de tres, tengas derecho a quedarte con la última y más jugosa de las distintas ofertas económicas que escuches en tu periplo en busca de un curro digno.
2. La entrada en la discoteque. Imagina por un instante que llevas media hora haciendo cola para acceder a ese tugurio tan de moda y el armario empotrado de la puerta te impide el paso una y otra vez, mientras deja entrar por la fila anexa al macarra de turno rodeado de fulanas de infarto. Propongo que, por esta misma regla de tres, puedas entrar, cabeza bien alta, en las mismas condiciones que el pichalarga sin esperar ni un segundo más. Y, con una de sus rubiacas, cogiéndote de la cintura, naturalmente.
3. El premio en la Bonoloto. No solo Carlos Fabra se puede beneficiar de seis Gordos de Navidad casi seguidos. Imagina por un instante que llevas 20 años jugando a la Quiniela y no has pasado jamás de siete aciertos. Por esta fantástica y justa regla de tres, podrás llevarte un pellizco del dinero de Carlitos el Solidario.


Recuerda el slogan de tu nueva vida: "Ellos juegan, tú ganas".

martes, 17 de enero de 2017

Hoy Soy Pepita Vilallonga


Frente a la evidencia no sirve la videncia ni la e-videncia, el formato 2.0 de esta extendido engaño televisivo con el que yo y un puñado de farsantes logramos día a día embaucar a miles de ciudadanos emocionalmente perdidos. 


La evidencia en este caso tiene nombre de mujer de 77 años y con trastornos de personalidad, que me acaba de denunciar por una presunta estafa de 300.000 euros. Todo apunta a que yo y mis secuaces logramos (de nuevo "presuntamente") que esta mujer, que me contactó a través de mi programa de televisión, se deshiciera de todos sus ahorros y esa ingente cantidad de pasta gansa acabara en mis bolsillos. ¿Cómo? Pues a base de palabrería. Porque bastan unas cartas y unas sílabas bien pronunciadas en el momento justo para atraer a cientos de personas que necesitan oír lo que yo les voy a explicar. Y luego rematarlas en cualquier parte, abusando de su fragilidad. 

La evidencia es comprobar cómo la ley ha dejado una puerta abierta para que los videntes campemos a las anchas en cadenas de televisión, prometiendo felicidad a cambio de un número de cuenta corriente o una tarjeta de crédito. Una confusa normativa legal que ampara la existencia de estos servicios de videncia y astrología sin poner coto a tanto despropósito. 

La evidencia es permitir que entre mis colaboradores haya supuestos terapeutas con títulos de tanto prestigio internacional como la fastuosa Universidad Abierta de Ciencias Avanzadas de Florida de EEUU que, curiosamente, tiene su sede en la calle Sepúlveda de Barcelona. Y que nadie se extrañe de que esta ubicación esté a 6.000 kms de su lugar de origen. 

La evidencia es que nos hayamos hecho un hueco importante en este "mercado de la felicidad", garantizando a nuestros clientes tener una relación duradera con Angelina Jolie, echar polvos infinitos con Brad Pitt, vivir más años que Matusalén, hacer tríos con mulatas de infarto, correr maratones en menos de dos horas, perder 20 kilos en una semana, acceder a la presidencia de Apple, rejuvenecer 40 años o volver a hablar con nuestros bisabuelos desde el sofá de casa. 

Todo eso es evidencia. El resto, videncia. 


jueves, 12 de enero de 2017

Hoy Soy Donald Trump

Me han elegido para ser el personaje que arranque la nueva etapa de este blog que languideció hace un par de años, fruto del agotamiento creativo de su responsable, un mediocre periodista que ocupaba sus ratos de ocio en escribir sobre cualquier personaje con cierto interés mediático.
Supongo que tener nombre de pato y de cadena de hamburguesas ha sido el detonante. ¿O hay más? Vamos por partes...
Ante una presidencia que se antoja movida, os propongo algo (pero que quede entre nosotros, por favor):  que me hagáis un complot. Sí, como lo oís: un  complot germinado desde la ciudadanía de todos los países del mundo, al estilo de la famosa Primavera Árabe, y apoyado por la imparable fuerza de las redes sociales. Un complot que lleve a cualquier habitante de cualquier nación del planeta a no calzar Nike ni beber Coca Cola. A no comer Whoppers ni conducir Chevrolet. A no poner gasolina Exxon ni ver películas de Disney. A no ir a los conciertos de Justin Biber ni lavarse los dientes con Colgate. A no usar Pato WC cuando haya que quitar la mierda del wáter ni a comer chicles Orbit. A no visitar EuroDisney (os juro que Port Aventura le da mil vueltas) ni ver la tele en una Panasonic. Hablo de que nos convenzáis, por mucho que yo me niegue a admitirlo, de que no somos una potencia imperialista que está por encima del bien y del mal. Hablo de que logréis bajarnos los humos entre todos los habitantes del globo. Hablo de solidaridad, ese vocablo que desconozco. Hablo de tantas cosas... Porque si no lo hacéis, queridos mamarrachos, voy a convertir este mundo en el infierno. Y tengo cuatro putos años con sus días y sus noches para conseguirlo. Moved ficha pronto o estáis muertos.

jueves, 19 de marzo de 2015

Hoy Soy Gigi Chao



Hoy, día del padre, recupero este artículo que escribí hace un par de años y que adquiere más vigencia que nunca. 



Abro el diario desde mi retiro francés y ojeo una noticia que me llama la atención por el simple hecho de que soy la protagonista. Mi padre, Cecil Chao, acaba de ofrecer 50 millones de euros al tipo que se case conmigo. 
Papuchi nunca se hizo a la idea de tener una hija lesbiana. Él, acostumbrado a follarse a mujeres esculturales, acostumbrado a que ninguna hembra le negara un polvo, acostumbrado a que nadie le tosiera cuando de sexo se trataba,  sigue sin asimilar que yo esté enamorada y comparta mi vida con una persona del mismo sexo. 
Papuchi es así de mentecato. A sus 76 años, está más interesado en emular al dueño de Playboy, que de preocuparse por mi felicidad. Sólo desde el ostracismo ideológico, desde la imbecilidad intelectual es posible entender un gesto tan poco paternal. El dinero como única herramienta para doblegar las voluntades de cualquier ciudadano. Aunque sea tu propia hija.
Papuchi es la leche. Creció a la sombra de mi abuelo, un hombre de negocios regio y machista, que le trasmitió esos valores retrógrados que parecen pasar de padres a hijos con la misma facilidad con la que se trasmite el virus de la gripe. 
Papuchi comenzó a perderme hace años y ahora, en una maniobra tan absurda como ineficaz, me ha perdido para siempre.  Yo sigo en París con mi trabajo y con mi pareja, Sean Eav. Junto a ella he encontrado una felicidad que jamás hallé en Hong Kong, bajo la influencia de un padre que es capaz de ofrecer una ingente suma de dinero con tal de que vuelva al redil de la heterosexualidad forzosa.
Desde mi apartamento francés, me río a carcajadas pensando en las miles de misivas que habrá recibido desde que decidió publicar esta absurda propuesta. Tipos de todos los rincones del mundo, preocupados  exclusivamente en hacerse con ese botín de 50 millones de euros, ofreciéndole sus bondades y sus encantos como amantes ideales para una chica lesbiana de buen ver:  "La haré feliz", "Lograré que dejé de ser tortillera", "Con dos polvazos de los míos, la hago heterosexual", "Se va a enterar de lo que vale un peine"…  
Doblo la oferta. 100 millones de euros para quien logre que Cecil Chao, mi padre muy a mi pesar, se enamore de su guardaespaldas.

jueves, 5 de marzo de 2015

Hoy soy Anna Allen




Ahí están psicólogos, neurólogos, psiquiatras y filósofos  de todo el país debatiendo sobre si padezco un trastorno de la personalidad, si sufro el síndrome de Folie a Deux, si tengo una personalidad excesivamente narcisista o si estuve aquejada de cierto tipo de carencias afectivas durante mi adolescencia. 
Ahí están los mecánicos de la ética, preguntándose si todo forma parte de una necesidad imperiosa de hacer caja, de mantenerme activa en el complicado mercado laboral o simplemente aventurándose a pensar que  mis "mentiras" forman parte de un macabro juego, alimentado por la voracidad de las redes sociales, de una extraña broma que se me ha ido de las manos. 
Ahí están mis colegas de profesión que se dividen entre la incredulidad y la estupefacción, sin saber muy bien en qué lado posicionarse. Algunos como José Coronado me defienden con la boca pequeña, otros piden mi cabeza en caso de que se demostrara que todo ha sido intencionado e incluso Macarena Gómez bromea con la necesidad de recrear mi vida en un filme al que se postula como interprete femenina. 
Ahí están los internautas que, desde que se hizo pública la noticia de mis usurpaciones de identidad, se están poniendo las botas a mi costa.  Sus ocurrentes fotomontajes me unen al pequeño Nicolás, a Barak Obama o a George Clooney o al Travolta de Pulp Fiction. 
Estoy, lo confieso, algo confusa con el revuelo que se está creando a mi alrededor. Creo que voy a llamar esta misma tarde a mi hermano Woody. Seguro que sabrá darme un buen consejo. 


lunes, 12 de enero de 2015

Hoy Soy Armani





Analicemos la secuencia. A simple vista al espectador que, desde la distancia, trata de entender la acción, se le plantean tres disyuntivas: salgo, entro o juego. Cualquiera de ellas se cubre de un preocupante manto tragicómico. Podría ser que tratara de salir del mar y que, edad mediante, las olas ( ¿qué olas?) me lo impidieran. Allí están el musculitos que, por un lado, lleva a cabo el prodigioso ejercicio de contención,  y las dos ninfas que realizan por delante el trabajo "grúa", es decir, tratan de ayudar al loable trabajo de la reincorporación. Podría ser también que quisiera meterme en el agua como los cangrejos, marcha atrás, tratando de no ver qué hay en el océano. Evitando sorpresas. Y que en ese recorrido marino ellas y él me guiaran. La tercera opción es la del simple juego. Manitas por aquí, manitas por allá, rodeado siempre de gente 60 años menor que yo. 
Pero, seamos francos: al espectador, en verdad, le importa un comino si entro, salgo, juego o me quedo a vivir en ese trozo de playa caribeña. Lo que aquí interesa es mi bañador. Ese trozo de tela blanca que deja entrever unos huevos alicaídos.  
¿En qué mercadillo habrá comprado el Sr. Armani ese despojo textil? se están preguntando muchos ahora mismo. ¿Cómo es posible que uno de los hombres más influyentes del mundo de la moda se atreva a bañarse con ese calzoncillo marino?, se cuestionan aterrorizados otros tantos.
Ahí está la grandeza. En hacer literalmente lo que me sale de los cojones. Y parece ser que este par de huevos algo caídos se han encariñado con esta prenda del neolítico.
La vida está hecha de retales. Los míos son hoy más blancos que nunca. 

martes, 16 de abril de 2013

Hoy Soy Isabel

Soy la Pantoja, esa tonadillera venida a menos. Hoy, sin embargo, he querido que, a través de este post, sólo me conocierais por Isabel. Porque mi historia no es la del personaje sino la de la persona. Revisando las imágenes de mi salida de la Audiencia Provincial de Málaga, tras ser declarada culpable de blanqueo de capitales y condenada a dos años de cárcel (que no cumpliré), quiero haceros reflexionar un instante sobre la condición humana. Por encima de cualquier consideración jurídica, ante la que podréis estar más o menos de acuerdo, lo cierto es que un tribunal me ha juzgado y condenado. Y desde este instante, recursos al margen, he cumplido mi parte con la Justicia por mucho que esta jodida Justicia, enferma y necesitada de una revisión urgente, esté en entredicho....
Puedo entender que, por mi condición de personaje público, se haya hecho durante meses un juicio paralelo en los platós de televisión de casi todas las cadenas de este país. Pero no compartiré jamás, por muy choriza que haya sido (que lo he sido, sin duda), que una turba de desalmados se tome la justicia por su mano. Poco importa que se trate de un jodido asesino de viejecitas o de un dictador como Sadam Hussein, apaleado hasta la muerte por un turba de desatados mentales después de haberle introducido con saña un tubo metálico por el ojete.  
Me repugna esa imagen de un grupo de ciudadanos, intoxicados por un exceso de información mediática, convertidos de repente en juez y parte, dispuestos a zanjar con una hostia certera, todo el proceso.  Decía hace ya cinco siglos el ensayista Michel De Montaigne que no hay pasión que quebrante tanto la sinceridad del juicio como la ira.  ¡Cuánta razón tenía el condenado!
Tal vez sea un buen momento para que algunos de los que estaban esperándome con los ojos ensangrentados a las puertas del Juzgado se acerquen a la videoteca de su barrio y desempolven FURIA,  esa obra maestra de Fritz Lang. Tal vez, luego, entiendan muchas más cosas....

martes, 9 de abril de 2013

Hoy Soy Margaret

He muerto con la misma coherencia con la que viví: en una habitación del hotel Ritz, paradigma de la opulencia, metáfora de lo privado frente a lo público.  No podía, como es lógico, fallecer en un hospital público porque eso sería dar mi brazo a torcer, poner en entredicho todo aquello por lo que batallé durante más de una década. De mi mano, las nacionalizaciones se convirtieron en privatizaciones, el IRPF a los más ricos pasó en poco tiempo del 83% al 40%. Recorté con mano firme los gastos sociales, sanitarios y en transporte público y me enfrenté a los sindicatos, a los que doblegué sin miramientos.
¿Cómo iba a morir, pues, en un sitio que no fuera una estupenda habitación de un hotel de lujo? Ni tan siquiera me me habrían servido ni las comodidades de una clínica privada, en las antípodas de mis planteamientos ultraconservadores. 
En vida, cuando los gusanos aún no se rifaban mis dos riñones, fui conocida como la Dama de Hierro. Ahora, mientras mis huesos descansan en un ataúd a la espera de pudrirse lentamente en el subsuelo y los medios de comunicación de medio mundo se decantan a partes iguales por alabar mis virtudes  y criticar mis defectos, yo me río a carcajadas de este apodo. Trataré de explicarme. Dama es, según la RAE en su primera acepción "mujer distinguida o noble" a la que siguen una retahíla de definiciones que en poco o nada se asemejan a aquello por lo que me caractericé en los años ochenta: "mujer pretendida por un hombre, actriz principal, dama de honor" etc... Llama, sin embargo, la atención una de las acepciones: "Reina del ajedrez". Y aquí aciertan de lleno: moví las piezas del mundo durante dos lustros como si se tratara de un jodido tablero de ajedrez. Dama come caballo, dama engulle peón, dama se traga a alfil, dama se lleva por delante a rey...
Lo de Hierro, tiene más enjundia. Este elemento químico es el cuarto más abundante de la corteza terrestre, lo que no me deja en muy buen lugar porque lo muy abundante es sinónimo de ordinariez (si no, no se entiende que haya cuatro millones de personas enganchadas cada semana a Gran Hermano). Pero lo más curioso es su símbolo: Fe (del latín ferrum).  ¿Fe en qué? os preguntaréis.  Fe en unos principios que sentaron las bases de un neoliberalismo a ultranza, germen de lo que es ahora nuestro mundo: un  puto caos. 
¿Entendéis ahora porque he decidido morir en una habitación del Ritz?

Por cierto, lo de mi cardado de pelo que ilustra este post lo dejo para otra ocasión...

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Hoy Soy Barack Obama

No vengo hoy a hablaros desde este blog de mi sonado triunfo electoral.  Quiero, en cambio, haceros reflexionar sobre las portadas con las que los principales diarios generalistas españoles han abierto sus ediciones. Puesto que al cierre  aún desconocían el desenlace electoral, El Pais, La Vanguardia, El Periódico, El Mundo y la Razón, entre otras cabeceras,  traen a sus primeras planas una imagen mía hablando por teléfono. En algunas instantáneas estoy sólo y en otras comparto protagonismo gráfico junto a Mitt Romney. 
De entre las miles de imágenes que podrían resumir la víspera de la gran cita electoral, resulta cuanto menos curioso (por no utilizar otros términos) que los responsables de los grandes diarios de este país coincidan en seleccionar como más representativa una foto mía pegado a un móvil. 
¿Qué han encontrado en esta imagen de Jason Red (de la agencia Reuters) todos los directores y jefe de redacción de los periódicos españoles para llevarla a sus portadas? Si en ocasiones la fuerza de la imagen es tan absolutamente brutal (por ejemplo, con el reciente huracán Sandy) que es lógico que compartan elección por encima de ideologías, esta vez no entiendo el porqué de esta burda coincidencia.
Aparezco sonriente, en un primer plano que no expresa absolutamente nada ni resume la lógica de la tensión electoral.  Estoy ahí, en un evento indefinido, celular en mano, hablando con vete tú a saber quien. 
Si os fijáis, en el fondo es una metáfora de la vida y, por ende, del mismo proceso electoral. Hablo con alguien que está lejos, de la misma forma que los políticos estamos alejados de los ciudadanos. Una metáfora de la profunda crisis de valores y el distanciamiento moral entre la política y la ciudadanía.  Aquí y en Sebastopol. 
Otra lectura mucho más cruel sería pensar que Movistar, Apple, Samsung o Vodafone están detrás de todo este gran tinglado electoral.  Y tal vez no andéis mal encaminados aquellos que creáis en esta teoría...




martes, 30 de octubre de 2012

Hoy Soy Mariló Montero

He puesto al servicio de la humanidad todos mis órganos. En el mismo paquete, ofrezco también mi alma. Un estupendo 2x1 en vísceras y  emociones. Quién acceda a mi hígado el día que me vaya al otro barrio se llevará de una tacada también un pedacito de mi mala baba. Quien se quede con mi corazón el día que la palme, también optará sin coste adicional, a una porción de mi ignorancia. A quien le sean trasplantados mis riñones, el día que deje de respirar,  obtendrá también, en el mismo acto solemne, mi decadencia moral y profesional. Todo en uno. 
Hace poco leí en el diario La Vanguardia que una trasplantada de corazón sentía el espíritu del hombre que le cedió el órgano. No cuenta, eso sí, la afortunada receptora de ese corazón si ese espíritu es el de un bonachón o el de un verdadero hijo de puta que le está haciendo la vida imposible desde entonces. En este segundo supuesto, una se acaba preguntando si es mejor morir que vivir con este sinsabor. 
Mi duda es la siguiente: ¿Qué pasaría si mañana me encontrara en la desagradable tesitura de necesitar un órgano con suma urgencia y los cirujanos pusieran a mi disposición el de un asesino en serie?  ¿Qué ocurriría si mi vida dependiera del de un delincuente de poca monta?
A tenor de mis declaraciones recientes preferiría ir a vivir con los gusanos antes que aceptar el pulmón de un estafador o el páncreas de un violador. Un planteamiento tan absurdo como poco creíble porque nadie en su sano juicio prefiere morir a vivir. 
Lo que nos ocurre a los profesionales de escasa catadura moral es que decimos una cosa pero, a la hora de la verdad, actuamos en las antípodas de nuestros comentarios.
Vísceras y alma a precio de ganga. Vamos, nenaaaaa, que se me acaban. Date prisa, preciosa, que me los quitan de las manoooooos....