martes, 30 de octubre de 2012

Hoy Soy Mariló Montero

He puesto al servicio de la humanidad todos mis órganos. En el mismo paquete, ofrezco también mi alma. Un estupendo 2x1 en vísceras y  emociones. Quién acceda a mi hígado el día que me vaya al otro barrio se llevará de una tacada también un pedacito de mi mala baba. Quien se quede con mi corazón el día que la palme, también optará sin coste adicional, a una porción de mi ignorancia. A quien le sean trasplantados mis riñones, el día que deje de respirar,  obtendrá también, en el mismo acto solemne, mi decadencia moral y profesional. Todo en uno. 
Hace poco leí en el diario La Vanguardia que una trasplantada de corazón sentía el espíritu del hombre que le cedió el órgano. No cuenta, eso sí, la afortunada receptora de ese corazón si ese espíritu es el de un bonachón o el de un verdadero hijo de puta que le está haciendo la vida imposible desde entonces. En este segundo supuesto, una se acaba preguntando si es mejor morir que vivir con este sinsabor. 
Mi duda es la siguiente: ¿Qué pasaría si mañana me encontrara en la desagradable tesitura de necesitar un órgano con suma urgencia y los cirujanos pusieran a mi disposición el de un asesino en serie?  ¿Qué ocurriría si mi vida dependiera del de un delincuente de poca monta?
A tenor de mis declaraciones recientes preferiría ir a vivir con los gusanos antes que aceptar el pulmón de un estafador o el páncreas de un violador. Un planteamiento tan absurdo como poco creíble porque nadie en su sano juicio prefiere morir a vivir. 
Lo que nos ocurre a los profesionales de escasa catadura moral es que decimos una cosa pero, a la hora de la verdad, actuamos en las antípodas de nuestros comentarios.
Vísceras y alma a precio de ganga. Vamos, nenaaaaa, que se me acaban. Date prisa, preciosa, que me los quitan de las manoooooos....

martes, 2 de octubre de 2012

Hoy Soy Gigi Chao


Abro el diario desde mi retiro francés y ojeo una noticia que me llama la atención por el simple hecho de que soy la protagonista. Mi padre, Cecil Chao, acaba de ofrecer 50 millones de euros al tipo que se case conmigo. 
Papuchi nunca se hizo a la idea de tener una hija lesbiana. Él, acostumbrado a follarse a mujeres esculturales, acostumbrado a que ninguna hembra le negara un polvo, acostumbrado a que nadie le tosiera cuando de sexo se trataba,  sigue sin asimilar que yo esté enamorada y comparta mi vida con una persona del mismo sexo. 
Papuchi es así de mentecato. A sus 76 años, está más interesado en emular al dueño de Playboy, que de preocuparse por mi felicidad. Sólo desde el ostracismo ideológico, desde la imbecilidad intelectual es posible entender un gesto tan poco paternal. El dinero como única herramienta para doblegar las voluntades de cualquier ciudadano. Aunque sea tu propia hija.
Papuchi es la leche. Creció a la sombra de mi abuelo, un hombre de negocios regio y machista, que le trasmitió esos valores retrógrados que parecen pasar de padres a hijos con la misma facilidad con la que se trasmite el virus de la gripe. 
Papuchi me perdió hace años y ahora, en una maniobra tan absurda como ineficaz, me ha perdido para siempre.  Yo sigo en París con mi trabajo y con mi pareja, Sean Eav. Junto a ella he encontrado una felicidad que jamás hallé en Hong Kong, bajo la influencia de un padre que es capaz de ofrecer una ingente suma de dinero con tal de que vuelva al redil de la heterosexualidad forzosa.
Desde mi apartamento francés, me río a carcajadas pensando en las miles de misivas que habrá recibido desde que decidió publicar esta absurda propuesta. Tipos de todos los rincones del mundo, preocupados  exclusivamente en hacerse con ese botín de 50 millones de euros, ofreciéndole sus bondades, sus aptitudes, sus encantos como amantes ideales para una chica lesbiana de buen ver.  "La haré feliz", "Lograré que dejé de ser tortillera", "Con dos polvazos de los míos, la hago heterosexual", "Se va a enterar de lo que vale un peine",  "Los zulúes somos los mejores amantes" y así hasta decir basta. 
Doblo la oferta. 100 millones de euros para quien logre que Cecil Chao, mi padre muy a mi pesar, se enamore de su guardaespaldas.....