miércoles, 29 de septiembre de 2010

Hoy Soy Ken Follett


Ayer, tras la presentación mundial de mi nuevo libro, La caída de los Gigantes, del que se ha lanzado una tirada cercana a los dos millones y medio de ejemplares, llegué a casa, agotado por la maratoniana jornada de promoción. Me tumbé en el sofá de casa y me dispuse a disfrutar del filme que había alquilado la tarde anterior en el videoclub de barrio. A medida que avanzaba el metraje, me hundía más y más en el cojín, absorto en la trama y deseoso de conocer el desenlace. Pero no lo hubo. Diez minutos antes de su finalización, la película fundió a negro y me quedé con las ganas de saber el final. Me acerqué, indignado, al dependiente del videoclub para pedirle las oportunas explicaciones. Me miró con cara de besugo, encogió los hombros y se limitó a explicarme que la distribuidora se había olvidado de incluir los últimos minutos de la producción.
Algo confuso, me propuse dar una vuelta para apaciguar los ánimos por este contratiempo y recordé que en el pub que suelo frecuentar los fines de semana anunciaban un concierto de rock a cargo de una de mis bandas favoritas. Llegué justo a tiempo. Pagué la entrada y encontré un lugar apetecible junto a la barra. El bajo arrancó con un solo que me hizo olvidar por un instante la jugarreta cinematográfica. Tras media docena de canciones, anunciaron su gran hit, un tema que he escuchando un millón de veces y que fue la razón por la que acudí a ver este concierto. Sin embargo, tras los primeros acordes, dejaron los instrumentos y se retiraron. De nuevo me quedé perplejo por este final inesperado.
Esto es lo que ha pasado con la edición catalana de mi nuevo libro. La editorial se ha olvidado de publicar los dos últimos capítulos de mi novela por un incomprensible error de montaje. El resultado de este desaguisado editorial es que han tenido que retirar del mercado los 30.000 ejemplares de la obra para desesperación de los seguidores catalanoparlantes que deberán esperar un par de semanas o adquirirlo en castellano.
La caída de mis gigantes no ha podido ser más desafortunada. Y, sin embargo, me alegro. A la intriga propia de mi novela se añade ahora la intriga de saber cuando podrán leer el final. Una metáfora del propio misterio, que es, en definitiva, la esencia de la literatura y de la vida.

martes, 28 de septiembre de 2010

Hoy Soy Carmen de Mairena


Cuando los focos se apagan, la vida sigue. Desde que Javier Cardenas me descubriera hace casi tres lustros para la pequeña pantalla, convirtiéndome muy a mi pesar en un icono de freakismo, mi presencia en los medios ha sido constante: que si una producción surrealista -FBI:frikis buscan incordiar-, que si un par de pelis pornos - "Soy puta pero mi coño lo disfruta" y "Por detrás me gusta más", ambas con un rancio regusto por el título poético- que si una aparición como Francisco Franco en El intermedio...
Un muestrario audiovisual de saldo que, sin embargo, me ha proporcionado durante los últimos años la posibilidad de mantener una vida algo más holgada que la que tuve durante décadas. Una vida no muy distinta a la que han padecido otros personajes del quita y pon catódico, como Galindo o Posí (salvando, por supuesto, las distancias entre ambos). Nos hemos convertido en carnaza televisiva para miles de espectadores que se han retorcido en el sillón de casa con nuestras meteduras de pata, alentados por unos presentadores, por unos directivos de cadena y por unos shares implacables que nos empujaban hacia el precipicio de la sinrazón. Estrujándonos hasta dejarnos secos y obligándonos a regresar a nuestras míseras vidas.
Ayer, la policía judicial precintó cuatro de las seis habitaciones del piso en el que resido en el barrio del Raval de Barcelona. Desde hace años alquilo esos habitáculos, decorados con imágenes y carteles de mis espectáculos, a las prostitutas de la zona, a razón de 5 euros el servicio. La mitad que hace un par de años, cuando la crisis no apretaba tanto, y me permitía exigir una cuota de diez euros a esta profesionales del sexo que buscan un camastro improvisado en el que chupársela a clientes necesitados.
Basta con que me imaginéis (de verdad, sin trampa ni cartón) abriendo la puerta de mi casa y dejando que una fulana y un señor con olor a colonia barata atraviesen el umbral de mi hogar para entender que esta opción está en las antípodas del personaje que se metía de vez en cuando en vuestros hogares a través del televisor.
Hace ahora cuatro meses me senté frente a Jorge Javier en su programa Sálvame Deluxe y me sinceré como nunca antes lo había hecho. Aquella noche le di dos titulares. El primero: "Tengo miedo a la soledad". El segundo, aún más demoledor: "Me hubiera gustado tener un hijo pero sé que le hubiera dado vergüenza por ser quien soy".
Bajo el medio kilo de maquillaje con el que cada mañana cubro mi rostro antes de pisar la calle, mantengo integra mi dignidad. A pesar de alquilar mi casa a regañadientes cada día a una docena de putas callejeras y saber que nunca viviré en primera persona la experiencia de tener un hijo que se sienta orgulloso de mí.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Hoy Soy Abuelo


Hoy, como cada día, acudiré puntual a mi cita. A las 5h de la tarde la estaré esperando con una sonrisa y un bocadillo de atún. Si por ella fuera, siempre comería un bollicao pero sabe muy bien que me opongo frontalmente a que se atiborre a grasas saturadas. "Algún día me lo agradecerás", le explico mientras desenvuelvo el sandwich aceitoso. Ella lo acepta a regañadientes y me regala una mirada canalla antes de correr a un banco vacío que acaba de abandonar una pareja de adolescentes.
Allí estamos sentados lo dos, ella devorando su bocata y siguiendo con la mirada a tres chavales de su edad que corretean frente a nosotros. "Abuelo, por favor, ¿me dejas jugar con ellos?" se atreve a sugerirme, sin esperar siquiera mi respuesta. Desde ese banco que súbitamente se ha quedado extrañamente vacío me vienen de repente a la cabeza las palabras que pronunció hace justo una semana Manuel Pastrana, secretario general de UGT en Andalucía: "Abuelos, no cuidéis a vuestros nietos el próximo 29 de septiembre, día de la huelga general". Palabros que luego fueron ratificados por su jefe, Cándido Méndez, confirmando de esta manera que lo de este líder sindical no fue un desliz espontáneo sino algo premeditado.
De esta desafortunada petición del señor Pastrana extraigo una serie de conclusiones: la primera es que probablemente este individuo no tenga hijos. La segunda es que, en caso de tenerlos posiblemente piten canas o, cuanto menos, no necesiten que su abuelo los recoja del colegio cada tarde. Y la tercera es que, en caso de que sus vástagos acudan a la escuela, tendrá a su santa esposa, abnegada mujer de un sindicalista de pro, dispuesta a estar a las cinco en punto frente a las puertas del centro, para que su padre y su suegro no falten a su cita ineludible con la huelga.
No, querido Pastrana. El día 29 iré a recoger a mi nieta al colegio porque sus padres no pueden hacerlo. Le llevaré de merienda, como cada tarde, un bocadillo envuelto en papel de aluminio y me derretiré cuando me observe con sus ojos claros. Y lo haré yo como lo harán la mitad de los abuelos españoles que, según datos de la Sociedad Española de Geriatría, emplean casi seis horas diarias en cuidar a sus nietos.
Estar a su lado cuando me necesita vale más que todas las huelgas generales que podáis montar en los próximos milenios. No lo olvides jamás.

martes, 21 de septiembre de 2010

Hoy Soy Teresa Lewis


Moriré, si el Tribunal Supremo de los Estados Unidos no lo impide, el próximo jueves 23 de septiembre a las 21 horas en el Greensville Correctional Center de Virginia. Y todo parece indicar que el alto tribunal no va a hacer demasiado para impedir que me convierta en la decimosegunda mujer ejecutada en mi país desde que se instauró la pena capital en 1976.
La número 12, como el número de apóstoles a los que admira y venera el gobernador republicano de ese estado, Bob McDonnell, defensor a ultranza de mi condena y de que los poderes públicos tengan plena potestad para quitar la vida de sus ciudadanos si tales fechorías son merecedoras de ese castigo.
No quiero morir. Y así se lo he hecho saber a mi abogado, a mi asistente espiritual y a aquellos que han querido escucharme en el corredor de la muerte en el que permanezco desde hace siete años. Pero mi angustia no sirve de nada en un país demasiado aficionado a liquidar a sus ciudadanos indeseables bajo la mirada cómplice de una Constitución que adora las armas.
Los hecho se remontan al año 2002. La noche del 30 de octubre, víspera de Halloween, preparé a mi marido y a mi hijastro, una noche ciertamente terrorífica: contraté a dos sicarios para que les descerrajan media docena de tiros y, de esta manera, cobrar un suculento seguro de vida. Un acción absolutamente reprobable, de la que me declaré culpable y que acabó con los dos autores materiales condenados a cadena perpetua. Pero en mi caso, el juez me acusó de autora intelectual y me definió -literalmente- como la "cabeza de serpiente" de esta macabra historia. Resulta, cuanto menos, curioso que los dos que dispararon el gatillo no tengan una cita con la la inyección letal y yo, en cambio, esté a punto de irme al otro barrio.
En mi historia hay, además, otro elemento para la reflexión: mi coeficiente intelectual -aquel por el que se rigen nuestros actos- es de 72. Roza el límite (70) por debajo del cual una persona es considerada deficiente mental y no puede ser ejecutada. Si una ejecución en si ya es motivo de repulsa, el ajusticiamiento capital a una (casi) retrasada mental es razón más que suficiente para oponerse frontalmente a esa injusticia.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Hoy Soy Pasqual Maragall


"Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar"

William Shaskespeare


21 de septiembre: Día Mundial Alzheimer 2010

viernes, 17 de septiembre de 2010

Hoy Soy Tú en el Metro


He cogido el metro como cada mañana para desplazarme al trabajo. El convoy lo componen seis vagones que, una vez en la parada, ocupan todo el ancho de la estación. Calculo que hoy, como casi siempre, seremos una treintena de personas esperando su llegada. Incluso en alguna ocasión atisbo a ver algún rostro que me resulta familiar.
Se abren las puertas y dos terceras partes de los usuarios nos dirigimos mecánicamente hacia el primer vagón. Un vagón, por cierto, a rebosar de gente que se agolpa en la entrada, impidiendo el paso de los que deseamos acceder al tren. Entre empujones, codazos y el pitido de fondo que anuncia el cierre de puertas, logro hacerme un hueco.
Ahí están todos, apiñados junto a la puerta, esperando salir disparados cuando llegue su destino. Y ahí estoy yo, ubicado entre un señor de mediana edad al que le suda el cogote, un viejuno rancio y una estudiante de Filología algo desaliñada pero muy coqueta.
Hubiera bastado con acceder a cualquiera de los cinco vagones restantes para realizar el recorrido hasta mi parada con cierta holgura, sin las estrecheces propias de un espacio atiborrado. Observo con desgana que en ellos, los pasajeros van sentados, relajados, ojeando la prensa, escuchando música con sus auriculares, ajenos al desaguisado de nuestro compartimento. Pero yo he optado por el primer vagón. ¿Por qué narices? Pues porque cuando se abran las puertas, tendré a escasos metros las escaleras mecánicas que me llevan a la superficie y, de esta manera, me habré ahorrado una caminata de 15 o lo sumo 20 metros.
He pasado un cuarto de hora en un vagón, oliendo a sobado, sufriendo algún pisotón y haciendo malabares para mantener a duras penas el equilibrio, con el único propósito de salir el primero del tren, acceder rápidamente a las escaleras mecánicas y desaparecer cuanto antes de la estación. Un proceso en el que, como máximo, le habré ganado diez segundos a cualquier pasajero del tercer vagón.
Somos demasiado previsibles.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Hoy Soy el Papa


Inicio hoy una gira por el Reino Unido. Cuatro días recorriendo la isla con mi banda. La apretada agenda incluye una misa al aire libre en Glasgow, una ceremonia de beatificación de un cardenal, y un par de eventos en Londres y en Birmingham. Espectáculos que oscilan entre las cinco libras (seis euros) si el evento al que deseas acudir es en el Hyde Park de la capital inglesa hasta las 25 libras (30 euracos) para estar presente en el hit parade de la temporada: una aburrida misa en Birmingahm. Si lo que deseas es verme en acción en Glasgow tendrás que desembolsar 20 libras (unos 25 euros). ¿Qué os parece el tinglado que he montado?
Como si de un concierto de U2 se tratara, he decidido cobrar entrada para financiar mi viaje de Estado a la Gran Bretaña. Lo he llamado "pasaporte del peregrino", que siempre queda mucho más snob que hablar de ticket puro y duro.
Los fieles sueltan la pasta y yo les ofrezco a cambio un par de padresnuestros, un discurso en contra del uso del preservativo en el mundo, un avemaría purísima sin pecado concebida y una defensa a ultranza de los centenares de curas, sacerdotes y obispos pederastas que durante años han abusado de miles de niños en los cinco continentes bajo mi mirada cómplice.
El espectáculo está servido. Un cartel que sonrojaría a la mismísima Lady Gagá. Con la entrada al Hyde Park, además de mi sermón, el feligrés disfruta de la exhibición de The Priests, un trío de curas irlandeses que ya ha ganado un disco de platino.
Y, por supuesto, por la compra de cada pase, recibes el kit del peregrino, una bolsita que contiene un CD con toda la información de mi gira, un libro de oraciones y un paquete con material sanitario (en el que, obviamente, no encontrarás condones).
Firmó en una ocasión, hace ya muchos años, Manuel Vicent un artículo inolvidable al que tituló "Mil millones". Criticaba el escritor valenciano el despilfarro previsto por el arzobispado en Valencia para construir un templo valorado en mucho millones de las antiguas pesetas. Y terminaba el artículo con una reflexión tan mordaz como sensata: para rezar bastan dos rodillas.
Espectáculos como el que acabo de montar en el Reino Unido, con venta de localidades incluidas, sólo vienen a confirmar el camino equivocado que hemos tomado desde la jerarquía eclesiástica.
Un camino, creo, sin retorno.

martes, 14 de septiembre de 2010

Hoy Soy Rafa Nadal


Desde Rod Laver, en 1969, ningún jugador había logrado ganar el mismo año los torneos de Roland Garros, Winbledon y el abierto de Estados Unidos. Hasta mi desembarco, por supuesto.
Ahora, si me lo permitís, voy a por el de Australia para lograr un póquer de victorias histórico.
Y seguiré sumando triunfos.
Soy, con permiso de Pau Gasol, Fernando Alonso, Miguel Indurain, Severiano Ballesteros y Ángel Nieto, el deportista español más grande de la historia. Y voy camino de ser también, con permiso de Fred Perry, Rod Laver, André Agassi, Pete Sampras y Roger Federer, el mejor tenista de todos los tiempos.
Con sólo 24 años.
Podría, además, extenderme en este post sobre mi impecable actitud dentro y fuera de la pista... pero creo que no merece la pena.

Silencio.... se juega

lunes, 13 de septiembre de 2010

Hoy Soy Alessia Mancini


Os invito a que tecleéis mi nombre en Google y centréis por un instante vuestra mirada crítica - y en ocasiones algo perversa- en el apartado de Imágenes del buscador. Allí estoy yo. Con traje largo, en bikini, mirando a cámara, en ropa interior, con el pelo suelto y recogido, tumbada en una cama o apoyada en el respaldo de una silla. Observando esas imágenes entenderéis porqué siempre pensé que mi cuerpo y mi sonrisa eran el pasaporte ideal para presentarme, con garantías, al concurso de Miss Italia.
Hace una semana, sin embargo, saltó el rumor sobre mi supuesta transexualidad y el revuelo que ha provocado todo este anuncio (sin confirmar) ha tenido un efecto terapéutico en las audiencias de la cadena pública. El concurso, que en los últimos años se paseaba sin pena ni gloria por la parrilla televisiva, ha vivido, por arte de magia, una espectacular subida de share. Siempre atentos al morbo, los espectadores no se pierden una. Ya sea en Italia o en Filipinas.
Pero volvamos a mi historia. Supongamos por un instante que nací con un pene en la entrepierna. Supongamos que desde muy niña aborrecí aquello y sufrí en silencio por algo que jamás consideré mío. Supongamos por un momento que siempre me sentí mujer, embutida por un desafortunado capricho de la naturaleza en un cuerpo que no me pertenecía. Supongamos por un segundo que, en un momento de mi existencia, tomé la traumática decisión de pasar por un quirófano. Supongamos que esa decisión supuso un rechazo en ciertas personas de mi entorno. Supongamos que tuve que rehacer mi vida por completo y que, sin embargo, hoy me siento verdaderamente feliz por la decisión tomada.
Poco importa, al fin y al cabo, si toda esta macabra historia forma parte de un bulo sin sentido o si realmente nací con un sexo que no era el mío. Hoy soy una mujer. De la cabeza a los pies. En cuerpo y mente. Y como tal debería poder presentarme a éste y a cualquier otro concurso de belleza. Pero las normas lo dejan claro: "sólo quien es mujer desde su nacimiento puede participar en el certamen". De esta manera tan perversa, el concurso trata de evitar un caso parecido al de 1992, cuando una transexual fue finalmente expulsada tras ser previamente seleccionada.
La hipocresía retrograda de estos certámenes casposos permite que las aspirantes se pongan montañas de botox en los labios y kilos de silicona en los pechos como si nada (basta un repaso a las ganadoras venezolanas del concurso de Miss Universo para entenderlo todo) pero no permite que una se quite el rabo.
Demasiada incoherencia con traje de baño y sonrisa de plástico.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Hoy Soy Terry Jones


Según la ley del mínimo esfuerzo, las personas tratan de conseguir el máximo resultado con el menor gasto posible de energía. Esto es exactamente lo que he logrado yo en cuatro días en beneficio de mi pequeña parroquia ubicada en la tranquila y próspera localidad de Gainsville (Florida).
Hace menos de una semana anuncié a bombo y platillo que quemaría unos cuantos coranes frente a la entrada de la minúscula iglesia protestante que dirijo y a la que pertenecen medio centenar de fanáticos religiosos. Era, dije entonces, mi particular forma de conmemorar el noveno aniversario de los atentados de las torres gemelas y, de paso, demostrar mi más enérgico rechazo a la intención de las autoridades de mi país de construir una mezquita cerca de la zona cero.
Con mi descerebrada actitud he conseguido una atención de dimensiones planetarias. Incluso, casi logré que el presidente de los Estados Unidos me recibiera para reconsiderar mi actitud, alegando que un acto así incendiaría (nunca mejor dicho) las relaciones entre las distintas comunidades religiosas del planeta y daría alas a los grupos extremistas. Por eso, tras lograr que mi imagen se reproduzca en los informativos de medio mundo -desde Indonesia a La Rioja, desde Irak a Texas- me preparo para una avalancha de nuevos feligreses sin la necesidad de haber invertido ni un solo céntimo en publicidad. Y para ello ha bastado mi intención de anunciar un hecho sin tener que ponerlo en práctica. Por no disponer, no dispongo ni de los coranes que supuestamente han de arder en el infierno de la sinrazón.
Aunque la pregunta es evidente: ¿De quien es verdaderamente la culpa de todo este despropósito? ¿De una chalado como yo, que oficia misa pistola en mano, o de los medios de comunicación, obsesionados por ofrecer carnaza informativa en un mundo cada vez más globalizado?
¿Qué hubiera pasado si los responsables de los diarios, de las radios, de las cadenas de televisión me hubieran dado la espalda? Yo os contesto: que jamás hubiera quemado ni una página del libro sagrado de los musulmanes. No porque no lo desee (mi fanatismo religioso es tan extremo como el de los radicales musulmanes) sino porque estoy literalmente cagao. Si la cosa fuera a más y el asunto se complicara -como ha advertido con lógica el FBI- dudo mucho que el dios en el que creo y mi revólver pudieran echarme un cable. Eso sí, con tanta publicidad, mi pequeña congregación va a multiplicar el número de adeptos.
¿Soy o no soy un puto crack del márqeting?

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Afortunadamente, existe otro Terry Jones

jueves, 9 de septiembre de 2010

Hoy Soy Pepito


¿Pepito? La madre que los parió. Me han apodado Pepito, los muy canallas. Claro que, viendo los nombres de mis tres descubridores -dos franciscos y un josé luis- la otra opción resultaba tanto o más lamentable: Paquito.
La prestigiosa revista Nature se hace hoy eco de mi existencia y me dedica en portada un amplio reportaje. No es para menos: soy el dinosaurio -carnívoro, para más señas- más grande jamás descubierto en la península ibérica y el único del mundo con joroba. Los tres paleontólogos han determinado que viví en la serranía de Cuenca durante el Cretacio inferior, hace 120 millones de años. Millón arriba, millón abajo, por supuesto, que en esto de la paleontología hablar de cien mil años es el equivalente al tiempo en que uno engulle un café con los amigos.
Pero, permitidme que vuelva a lo de Pepito. Me cuesta imaginarme a los más prestigiosos paleontólogos del planeta reunidos en un foro internacional, debatiendo sobre los orígenes de mis primos y hermanos. Que si T-Rex, que si Aetonyx, que si Apatodon, que si Othnielia... y de repente, Pepito y su joroba. ¿Tiene o no tienen guasa el asunto?
O trato de imaginarme una clase de quinto de la ESO dentro de unos pocos años. Todos esos mocosos con su libro de biología abierto en la página 23. Y el profesor que le pide a Jaimito que enumere los principales dinosaurios de la prehistoria. Y va Jaimito y comienza: que si el velociraptor, que si el diplodocus, que si al apatosaurus... que si Pepito. De repente, un silencio contenido seguido de una estruendosa carcajada generalizada.
¿Por qué narices Pepito? Si soy un adulto de seis metros... Tal vez sería un buen momento para que los paleontólogos recurrieran de una vez por todas a los expertos en antroponimia (la rama de la onomástica encargada de estudiar el significado de los nombres propios) y éstos pusieran un poco de sentido común en este desaguisado lingüístico.
Lo de la joroba, sin embargo, tiene su miga. A partir de ahora será mucho más fácil entender porqué los españoles (al fin y al cabo, mis descendientes) han convertido el arte de jorobar a sus congéneres en deporte nacional.

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martes, 7 de septiembre de 2010

Hoy Soy Jesús Neira


Hace cinco meses inicié los trámites para convertirme en un perfecto cowboy: solicité un permiso de armas. Argumenté entonces que se trataba de "una libertad a la que cualquier ciudadano tiene derecho". El pistolero Neira, para servirles.
La semana pasada fui un poco más allá en mi deliro. Como en las viejas películas del oeste, salí del saloon con un par de copas de más. El sheriff del condado de la M-40 detuvo mi caballo cuando galopaba dando bandazos por los polvorientos caminos que llevan a Madrid. Mi yegua rozo una caravana alrededor de las 9.30 de la noche del pasado miércoles 1 de septiembre. A causa de este incidente, el sheriff me introdujo un tubito en la boca del que extrajo una conclusión tan certera como extraña: 0´87. Se refería a la tasa de alcohol en sangre. Por todo lo anterior he sido acusado de un delito contra la seguridad vial. No podré volver a cabalgar en los próximos 10 meses y he de pagar una multa de 2.500 dólares (el juez habla de euros, una moneda que desconozco. Los verdaderos cowboys sólo conocemos el billete verde). Pero, ¿es que un pistolero de gatillo fácil como yo no puede llevar un revolver y tomarse un par de güisquis en la taberna de cualquier pueblo de España?
La alcaide de la comarca, Esperanza Aguirre, me nombró hace menos de un año - El 20 de noviembre para ser exactos- presidente del Observatorio Regional de la Violencia de Género. Tiene cojones la cosa. Aguirre, sin embargo, acaba de dar marcha atrás: carpetazo a la institución. En lugar de prescindir de mis servicios ha preferido cepillarse de un plumazo todo el observatorio ante el riesgo evidente de que mi presencia al frente de esta organización enturbie la imagen del PP.
Pim, pam, pum, fuego.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Hoy Soy Dios


En un pequeño montículo junto a la mina San José, en Chile, donde 33 mineros continúan sepultados bajo millones de piedras, se han levantado en los últimos días una docena de altares en mi nombre, construidos de manera improvisada con cartones, pedruscos y trozos de madera encontrados en los alrededores. La imagen se asemeja ya a un santuario al aire libre, pero edificado con materiales mucho más precarios y sin la suntuosidad, de momento, de las grandes y opulentas edificaciones religiosas.
Vírgenes, Santos, crucifijos, Biblias, reproducciones de imágenes religiosas, fotocopias de mártires. Todo vale para invocar mi nombre y justificar así el "milagro" por el que este grupo de hombres humildes sigue con vida. Un acto cuya única responsabilidad recae en mí.
No, al parecer es imposible imaginar que los 33 mineros estén vivos por azar. Que hayan sobrevivido a este alud de rocas por su pericia. Que se hayan salvado de una muerte segura por puro instinto de supervivencia. Que haya esquivado el fin de sus días por su capacidad lógica para ponerse a cubierto. Soy yo al que han de invocar para justificar que sus corazones sigan latiendo a 700 metros de profundidad. La tierra no se los tragó para siempre, vienen a argumentar los familiares de los mineros, los representantes eclesiásticos y hasta el propio presidente de Chile, Sebastian Piñeira, simplemente porque yo no quise.
Nada. Ni destino. Ni suerte. Ni azar. Ni pericia humana. Yo y punto. Y mientras tanto, la iglesia católica, la protestante, la evangélica, la del séptimo día y cualquier otra que se sume en los próximos días a este filón se frotan las manos ante este aluvión místico de futuros feligreses, animados por el eco mediático de esta dramática historia.
Fe. Eso es lo que, de verdad, permitirá que estos mineros vuelvan un día a ver la luz del sol. Fe como confianza en uno mismo. Fe como voluntad interior. Fe como anhelo por salir un día del agujero. Fe como esperanza. Fe como fuerza racional, no sólo moral. Una fe que, hoy más que nunca, ha de mover esta maldita montaña.
Yo, creedme, poco pinto en todo esto.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Hoy Soy Víctor Zamora


Me alegro de estar aquí, así, no tengo que ducharme. La vida, incluso en el infierno, se digiere mejor con una dosis de humor. De otra forma me costaría entender la jugarreta que a mí y a otros 32 mineros nos tenía preparado el destino hace ahora un mes. Aquel 5 de agosto la mina lloró tanto que sus lágrimas de roca cortaron de un plumazo nuestro cordón umbilical con el mundo exterior. Un mes en el averno, sin distinguir la noche del día. Sin abrazar a los que queremos. Sin respirar aire puro. Sin ver atardecer. Un mes (y lo que queda) de jodido sufrimiento a 700 metros de profundidad, que cada uno de nosotros lleva lo mejor que puede. La mayoría recurre a Dios. Yo, sin embargo, he puesto mi futuro en manos del humor como terapia para hacer frente a una situación tan dura como imprevisible. Me cago de risa pensando todas las horas extras que estoy haciendo aquí abajo.
Haced la prueba ahí arriba. Poned en práctica la maquinaria del buen rollo como forma de entender la vida. No esperéis a que miles de kilos de roca sepulten vuestras ilusiones. A veces, necesitamos una tragedia para percatarnos de que no hemos sabido exprimir con sentido del humor nuestra existencia. Palpamos el dolor y reflexionamos en ocasiones demasiado tarde.
Vosotros que estáis en el exterior. Vosotros que, cada mañana, os despertáis con la luz del sol. Vosotros que respiráis aire puro, os aseguro que no os reís todo lo que deberíais. Os quejáis por cosas sin importancia. Os cabreáis por detalles insignificantes. Os alteráis a la primera de cambio. Cerrad los ojos por un instante y tratad de imaginar mi vida en esta mina. Es tan jodidamente dura que, desde vuestra placentera existencia, no lograréis jamas haceros verdaderamente a la idea de lo que estamos pasando, por mucho que un par de vídeos nos muestren artificialmente alegres. Y aún así yo he apostado por la risa para combatir mi sufrimiento.
Decía el genial Groucho Marx en una de sus memorables citas: "Desde el momento que cogí su libro me caí al suelo de risa. Espero algún día leerlo". Lo dicho: me alegro de estar aquí, así no tengo que ducharme.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Hoy Soy Jamie Ogg


Nací muerto. Tras 27 semanas de gestación, mi madre, Kate, notó unas fuertes contracciones que obligaron a su ginecólogo a adelantar un parto que se antojó ciertamente complicado. Mi hermana gemela Emily logró sobrevivir pero, tras 20 interminables minutos intentando reanimarme, los médicos no pudieron hacer nada por salvar mi vida. No resulta demasiado extraño cuando uno sólo pesa un kilo.
Allí estaba el obstetra consolando a mi madre, animándola a aferrarse a mi hermana Emily, dando una palmadita en la espalda a mi padre, David. "La vida sigue, señora Ogg, tiene usted una hija maravillosa que crecerá sana y fuerte. No pudimos hacer nada por salvar al pequeño Jamie, lo siento". Palabras de consuelo para mitigar el dolor por una vida quebrada justo cuando me daban el banderazo de salida.
Kate (permitidme que la llame por su nombre) no se resignó ante una verdad tan evidente como científica: yo estaba en el otro barrio. Suplicó a los médicos que la dejaran a solas un rato junto a mí. Durante dos horas me acurrucó contra su pecho húmedo, me acarició como sólo una madre dolorida puede hacerlo, me consoló, lloró en silencio, me susurró palabras tiernas, me recordó que tenía una hermana, mencionó media docena de veces mi nombre, imaginó planes de futuro junto a mí, me contó que le encantaría verme crecer e, incluso, utilizó su pulgar para hacerme llegar unas gotas de leche de su pecho, que introdujo con cariño en mi boca inerte.
Abrí los ojos, moví la cabeza y agarré con mis manos el dedo de Kate ante la mirada de asombro de los ginecólogos que, aún hoy, no logran encontrar una explicación científica.
¿Explicación científica? ¿Milagro? ¡Qué cojones! Energía. Sólo ella es capaz de mover el mundo.

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