jueves, 18 de junio de 2009

Hoy Soy la Mosca de Obama


Estoy muerta. Era consciente de que mis expectativas de vida al llegar a este mundo no superaban de media las dos semanas pero tenía una prima en Connecticut que llegó a vivir un mes. Por eso me ilusioné pensando que, con un poco de suerte, podría duplicar mi presencia vital en este mundo. Nada mejor que residir junto al presidente de los Estados Unidos. Su interés prioritario por lograr acuerdos de paz en Oriente Medio, su deseo expreso de crear nuevos vínculos con las autoridades cubanas, su  obstinación por finiquitar Guantánamo me animaron a compartir mi existencia cerca de Barak, hombre no beligerante. Conviví con él en la Casa Blanca, que convertí con agrado en mi nueva residencia. Viajé en limusina, disfruté de sus discursos, dormí en su alcoba  e incluso alguna mañana me colé en su retrete, atraído por el olor a mierda presidencial. Pero, sobre todo, consciente del privilegio de vivir a su lado, siempre me impuse una norma: no incordiarle. El problema es que soy una mosca. Y las moscas somos cojoneras porque lo llevamos en los genes. Así que durante aquella entrevista de la cadena de televisión CNBC se me fue la olla. Que si un vuelo rasante a media altura, que si un provocador paseo frente a sus narices, que si una inoportuna parada en su mano izquierda. Me avisó y no le hice caso. Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos. Su mano derecha cayó sobre mí y no tuve tiempo de reacción. Me ha matado el presidente de los Estados Unidos. No sé si sentirme orgullosa por fallecer a manos de un mandatario que ha hecho de las actitudes dialogantes su bandera o lamentar mi mala suerte por ser el primer ser vivo que fallece por una acción directa suya. Destino de mierda. 

martes, 16 de junio de 2009

Hoy Soy Tina Asmus


Acabo de recibir una citación de la policía de Chicago para que retire en un plazo no superior a 30 días los dos inodoros que tengo instalados en el jardín de mi casa a modo de originales maceteros. En caso contrario, me enfrento a una multa de 500 dólares. Al parecer a alguno de mis vecinos le incordia visualmente que utilice un par de retretes como tiestos.  Cada cosa en su sitio, viene a argumentar este vecino desaprensivo que trata de amargarme la existencia y que ha recurrido a las autoridades para privarme de mi derecho a disfrutar de una original letrina en mi vivienda.  El cagarro en el excusado y las florecitas en la maceta. Como si todo tuviera que tener un espacio previamente asignado y nada pudiera romper este pacto tácito entre objeto y destino. Me niego a aceptar que las cosas vengan predeterminadas.  En la taza del water de mi casa puedo cagar pero también puedo bailar hasta caer extasiada. Puedo vomitar tras una noche frenética o follar apasionadamente con mi chico. En la taza de un lavabo puedo llorar, descansar, meditar o leer el periódico. Y, por supuesto, puedo plantar flores. Porque, para que las flores crezcan, hace falta mucho estiércol, que no es otra cosa que mucha caca. 

viernes, 12 de junio de 2009

Hoy Soy Julio César Grassi.


Me he levantado con un extraño cosquilleo entre los huevos. Creo que ayer soñé que me follaba a ese par de imberbes a los que vi sentados con sus padres en segunda fila. He tratado de ponerme la sotana pero al llegar a la entrepierna, mi cipote erecto me ha avisado de que no estoy para oficiar misa alguna. Llevo tal empalme que creo que voy a llamar a mi monaguillo favorito para que me la chupe un rato. Ring, ring, ring, oye chico, que necesito que te pases por la sacristía para que hagas un pequeño recuento de las ostias que he de repartir en la misa de esta tarde. Y no tardes. Joder, este puto calentón no baja y tengo el nabo a punto de estallar. 

Me relaja pensar que en España, país de profundo arraigo moral y cuna del Opus Dei, el cardenal Cañizares considera más delictivo el aborto que la violación de niños. Romperle el culo a media docena de chavalines no es para tanto, viene a decir esta autoridad en asuntos divinos. Pero cargarse un embrión es atentar contra las leyes más sagradas. Me caguen la puta, yo aquí divagando y el pequeñajo sigue sin aparecer. 

Por cierto, prefiero a los niños que a las niñas. Si dejara a una ninfa preñada me vería obligado a exigirle que abortara para ocultar mi paternidad. Pero, ¿qué estoy diciendo? ¿Aborto? No, señor, eso nunca. Ante todo, coherencia moral. Ring, ring, ring , pero coño, chaval, ¿por qué tardas tanto?