miércoles, 22 de junio de 2011

Hoy Soy John Galliano


Diez desafortunados segundos y, de repente, la hecatombe. En la sociedad del Gran Hermano, todo queda sometido al arbitrio del gran público. Nada escapa al ojo implacable del ciudadano de a pie, que con la cámara de su móvil o con su acceso a las redes sociales se ha convertido, de repente, en arbitro moral para desdicha de famosos, extravagantes en unos casos y simplemente ingenuos en otros.
Le pasó en febrero a Nacho Vigalondo. "Ahora que tengo más de cincuenta mil followers y he tomado cuatro vinos podré decir mi mensaje: ¡El holocausto fue un montaje". Nadie se paró a desmenuzar sus palabras y contextualizar esta frase tan absurda como irónica. Una broma que, en pocas horas causó un tusunami mediático y que le costó la cabeza. El diario EL PAÍS lo fulminó en un abrir y cerrar de ojos para su sorpresa.
Algo parecido le ocurrió al realizador danés Lars Von Trier en el pasado festival de Cannes. Su incendiario "¿Qué puedo decir? Amo a Hitler" lo enviaron al infierno cinematográfico de un plumazo. Poco importó que luego matizara sus palabras. De nuevo, la maquinaria mediática se frotó las manos y encontró un filón en sus declaraciones. Él, que ha creado algunas de las producciones más influyentes de la historia del cine, de repente se convirtió en un impostor.
Hoy me siento en el banquillo de los acusados del Tribunal Correccional de París por tres palabras: "Amo a Hitler". Admito, sin fisuras, que adorar a este dictador canijo es más propio de un desequilibrado mental que de un genio de la alta costura pero no dejo de preguntarme hasta que punto las carreras de algunos creadores pueden verse súbitamente desquebrajada por juicios sumarísimos.
La grandeza de algunos genios (Dalí, por ejemplo) reside precisamente en esa frágil línea entre lo prohibido y lo permitido. Entre el bien y el mal. Entre el blanco y el negro. No hay grises en nuestras vidas, para desconcierto de un público a veces demasiado encorsetado ideológicamente al que le cuesta aceptar nuestros desvaríos.
Nada justifica el holocausto. Absolutamente nada. Pero, en este conflicto moral entre la libertad de expresión y la apología a la xenofobia, habría, cuanto menos, que revisar nuestro currículo creativo, nuestra aportación al arte o a la cultura antes de que el Gran Hermano nos comprara un billete sin retorno al averno.

jueves, 9 de junio de 2011

Hoy Soy Noah


Tengo cinco años, no hablo ni papa de español y he cobrado una pasta gansa por aparecer durante dos minutos semanales en el nuevo programa de televisión -Involución- que ayer estrenó la cadena Neox a bombo y platillo y que presentan Berta Collado y Flippy.
Me consta que toda la trouppe catódica de Sálvame está algo desconcertada. No entienden que me haya hecho famosa de la noche a la mañana sin haberme comido ninguna polla ni haber tenido que vender las miserias que circulan por las cloacas de muchos corazones para saltar al estrellato mediático. No aceptan que no haya salido de mi boca ni un grito, ni una palabra de desprecio, ni un improperio. No admiten que en mi alma no haya envidia ni rencor. No comprenden que no me levante de la silla para lanzar dardos viperinos a diestro y siniestro.
Ellos (Víctor, Jorge Javier, Belén, Kiko y tantos otros), que han convertido la televisión de sobremesa en España en un estercolero, se frotan lo ojos y tratan de buscar una respuesta ante mi despegue catódico. Ellos, que han emitido en directo imágenes en las que seguían a Marujita Díaz al baño y luego enfocaban la taza del váter para comprobar si de verdad había meado. Ellos, que se han arrastrado por el suelo para confirmar, entre carcajadas lamentables, que la invitada de turno se había olvidado las bragas en casa antes de pisar el plató de la cadena amiga. Ellos que comen bocadillos de chorizo mientras comentan las infidelidades del torero. Ellos, que venderían su alma al diablo por ganar un poco de share, meditan ahora ante la gran metáfora en la que he convertido sus vidas.
Soy una mona. Al fin y al cabo, un animal... como ellos.

jueves, 2 de junio de 2011

Hoy Soy Umberto Bossi


"Si gana la izquierda en Milán, me corto los huevos". Soy la polla: esa fue mi promesa electoral poco antes de los comicios locales celebrados en Italia hace unos días. Y ganó la izquierda.
Ante esta disyuntiva, el electorado progresista exige el cumplimiento de mi pacto e incluso ha creado una página en Facebook donde reclama mis cojones inertes como prueba de transparencia política.
Quieren mi polla y lo que la rodea pero si la entrego así, sin más, ¿cómo podré seguir dando por culo a tantos y tantos inmigrantes irregulares? ¿cómo podré seguir jodiendo a tantos desfavorecidos sociales como he venido haciendo hasta la fecha? No, no puedo entregar mis huevos por mucho que lo prometiera porque, sin ellos, me despojo de mi principal arma plebiscitaria. Sin ellos, me quedo moralmente desnudo. Sin ellos, no soy nadie.
Puse mi cipote sobre el tapete electoral, jugándomelo todo a una carta, convencido de que tenía un póquer y resulta que iba con un farol de tres pares de cojones. Los restantes contrincantes de esta partida ante las urnas reclaman ahora el pago de la deuda y yo, fiel a mi incoherencia ética, me niego a cumplir lo prometido. Me mantengo, como veis, inquebrantable en mi ideario personal: prometer hasta meter y una vez metido, olvidar lo prometido.
Eso sí, todo es negociable. Vista la presión ejercida en Facebook (más de 22.000 entradas solicitando mi nardo), estoy dispuesto a dejarme sodomizar por cualquier miembro de mi partido en acto público y televisado. Cambio polla por ojete.

Por cierto, si lo mío tiene miga, no os perdáis la promesa de mi colega Clemente Mastella (lee su post de hoysoytu). El muy jodío prometió suicidarse si la izquierda ganaba en Nápoles. Y ganó. En su caso ya hay cerca de 50.000 personas exigiendo en Facebook que cumpla lo pactado. Eso sí que es, de verdad, para partirse el nabo.

Nuestra sugerencia:
Hazte miembro en Facebook para el cumplimiento de su promesa electoral

miércoles, 1 de junio de 2011

Hoy Soy 200


Hoy cumplo 200

Por eso, algunos políticos (del PP, para ser exactos) han decidido marcarse un bailecito en mi honor.