viernes, 28 de enero de 2011

Hoy Soy David Kato


Ya lo habéis conseguido, malditos homófobos: estoy muerto. Me habéis descerrajado dos tiros por ser gay y haber luchado durante años para que en mi país, Uganda, aquellos que vemos la sexualidad de otra forma no acabáramos en la cárcel.
De poco me ha servido. Crecí en una de las más de setenta naciones del planeta que consideran delito la homosexualidad. Lugares que determinan que no es de recibo eso de querer a una persona de tu mismo sexo y por ello debemos ser castigados con una severa reprimenda legal (en siete de ellas, la pena capital).
Ahora, mientras los gusanos me devoran, las comunidades internacionales ponen el grito en el cielo y exigen un esclarecimiento de los hechos. Que si era un gran luchador, que si había pocos como yo, que si la pérdida es irremplazable, que si bla bla, bla.... pero nadie me devolverá la vida y mis verdugos, ya os lo avanzo, quedarán impunes.
La policía ugandesa no va a mover un jodido dedo para encontrar a mis asesinos porque las propias autoridades -tanto políticas como judiciales- reniegan de todo lo que huela a gay. De cara al resto del mundo simularán un par de detenciones para hacer un artificial lavado de cara y, de nuevo, todo quedará en agua de borrajas.
Hay algo, además, que me hace llorar a moco tendido desde la tumba: mi muerte vino precedida por un llamamiento mediático a la aniquilación de los homosexuales. El semanario Rolling Stone (nada que ver con la revista musical) publicó recientemente un artículo en el que desvelaba el nombre, la fotografía y la dirección de un centenar de activistas gays de Uganda entre los que, obviamente, me encontraba yo. Y lo tituló: "Colgadles, van a por nuestros hijos". El resto ha sido cuestión de tiempo.
Curioso, pero veo un paralelismo preocupante con el reciente intento de asesinato de la congresista demócrata de Arizona, Gabrielle Giffords, alentado por Sarah Palin.
¿Nos estamos volviendo locos?

martes, 25 de enero de 2011

Hoy Soy Amy Chua


Nada más eficaz para que tu hijo aprenda que humillarlo, avergonzarlo y castigarlo mediante cualquier técnica que le deje noqueado. Así de tajante me he mostrado en mi libro "Himno de la batalla de una madre tigre", del que el diario Wall Street Journal acaba de publicar una pequeña selección de perlas que no han dejado indiferente a la opinión pública de medio mundo. Tanto es así que un reciente artículo sobre el tema en este prestigioso periódico económico se ha convertido en el más leído y comentado de su historia.
Un método educativo basado en la represión, la exigencia extrema, la disciplina férrea y la beligerancia psicológica que está en las antípodas de la transigencia con la que, a mi entender, la gran mayoría de las madres de Europa y América del Norte educa a sus retoños.
Ilustro mi radical método con la formación transmitida a mis dos hijas. Louisa, por poner un ejemplo, no tenía ni papa de tocar el piano. A los 7 años le escondí su casa de muñecas, le amenacé con no darle de comer ni de beber, con restringirle las cenas, con no darle ni un solo regalo en Navidad y con prohibirle celebrar su fiesta de cumpleaños durante un lustro si no lograba aprenderse una compleja pieza del compositor Jacques Ibert.
Le insulté -"perezosa, cobarde, patética, basura"- y amedrenté. Mantuve este estado de guerra hasta que se aprendió la canción. He aplicado esta técnica coercitiva al resto de las parcelas que conforman nuestras vidas, convencida de que sólo así se pueden lograr resultados satisfactorios en el desarrollo cognitivo y emocional de las personas.
Mi mensaje es claro: sólo la coacción lleva a la excelencia. ¿Por qué? Porque vosotros, padres sufridores, os preocupáis demasiado por la autoestima de vuestros hijos pero esto se convierte en un arma de doble filo cuando crecen y tienen que enfrentarse a los obstáculos que pone la vida.
Un discurso probablemente exagerado, pero bajo el paraguas de este libro polémico sólo pretendo hacer reflexionar al mundo occidental acerca de la paternidad en Occidente y el exceso de permisividad en la educación actual.
¿Qué opinas sobre todo esto, jodido consentido de mierda?

La cara B: hoysoyo (Amy Chua)

miércoles, 19 de enero de 2011

Hoy Soy Mohamed Ben Kilani


El tirano no es más que un cobarde con aires de grandeza. Desde su posición dominante logra embaucar y someter con desdén a todos aquellos que se le cruzan en el camino. Por supuesto, a lo largo de este viaje despótico ( que, en ocasiones, dura décadas), aquellos familiares que viven bajo su órbita personal se benefician de sus fechorías con una impunidad que asusta. Nada ni nadie osa toserles bajo la amenaza de un castigo ejemplar para el resto de sus correligionarios.
En este ambiente de terror emocional se mueve el tirano hasta que el pueblo dice basta. Mi país, Túnez, es el último caso.
Y, como por arte de magia, brotan acciones espontáneas que provocan, de repente, una reacción tan brutal como estimulante. Por ejemplo, la que protagonicé hace unos días en un avión de la compañía Tunis Air del que yo era comandante y máximo responsable.
Con la nave preparada para el despegue inmediato, recibí una orden de la torre de control que me instaba a esperar la llegada de cinco nuevos pasajeros antes de poner rumbo a Lyon. Esos cinco pasajeros eran los dos hermanos y otros acompañantes de Leila Trabesi, la esposa del (ya ex) presidente tunecino Ben Ali. "Un piloto civil NO transporta a una banda de criminales" acerté a decir a mi equipo a la vez que rechazaba la posibilidad de que subieran a mi aeronave.
El avión despegó sin esos cinco crápulas y, tras mi regreso a Túnez, me he convertido súbitamente en un héroe nacional.
¿Héroe? No, no lo soy. Pero basta con que acertemos a decir "no" cuando olemos una injusticia (propia o ajena) para que las cosas cambien. Y esta pequeña lección se puede aplicar a cualquier ámbito de la vida pública o privada.
Prueba por un instante.
Dí: NO.
Un poco más alto: NO
Otra vez: NO
Tal vez no te haya servido de nada. Pero seguro que has liberado algunas endorfinas, que no sé muy bien cómo funcionan pero me han asegurado que son unas estupendas hormonas que tienen bastante que ver con nuestro grado de felicidad y bienestar. Sólo eso ya se merece que vuelvas a gritar NO.

jueves, 13 de enero de 2011

Hoy Soy Dan Wooley


Piensa por un instante con detenimiento en lo que has hecho durante los últimos tres días de tu vida. Ese es el tiempo que pasé bajo los escombros en Haití hace un año, cuando la tierra devoró literalmente parte de la isla.
65 horas en penumbra, sepultado por cascotes, vigas y ladrillos. Una pesadilla que plasmé en un diario -el que ilustra esta crónica- y que ahora ve la luz en Unshaken (No Sacudido), un libro que narra aquella odisea por la supervivencia.
"Creí que si no intentaba mantenerme vivo, moriría", escribo. La vida tiene eso. Que no quiere marcharse por las buenas cuando el destino te tiene preparada una inesperada jugarreta.
Eso es, precisamente lo que pude comprobar en aquellas 65 horas que cambiaron para siempre el rumbo de mi existencia. Tras el temblor, el silencio. Busqué refugio en el hueco de un ascensor y ahí permanecí todo el tiempo. Al principio pensé que estaba solo pero comprobé que había otras personas que, angustiadas, pedían auxilio. Dando golpes contra los ladrillos logramos comunicarnos. De esta manera nos coordinamos y trabajamos juntos para que los que estaban en el exterior pudieran escuchar nuestros gritos de socorro. No vi, durante todo este tiempo, sus caras pero me sentí mucho más cerca de ellos durante aquel periodo de incertidumbre que de otra mucha gente con la que me he comunicado a lo largo de mi vida.
Algunas voces se fueron apagando a medida que pasaban las horas. Algunos de aquellos gritos que, al principio, se juntaron con los míos para decirle al mundo que seguíamos vivos, dejaron de sonar para siempre.
¿Qué has hecho en los últimos tres días de tu vida? Reflexiona.

martes, 11 de enero de 2011

Hoy Soy Reynaldo Dagsa


Fijaos durante unos segundos en esta instantánea que ha recorrido el planeta en los últimos días. Es la fotografía de mi asesinato. Una inesperada sentencia de muerte en la que, de forma macabra, me convertí a la vez en víctima y testigo.
Nada produce más escalofrío que meditar sobre lo acontecido. En el mismo instante en que yo disparaba la cámara para inmortalizar a mi familia, un desconocido hacía exactamente lo mismo: disparar. Pero en vez de apretar un botón, accionaba un gatillo.
Curiosa metáfora: un mismo verbo -disparar- para dos acciones que llevan a resultados diametralmente opuestos. Con mi acción buscaba la felicidad, a través del recuerdo. Con su acción, este matarife a sueldo buscaba la desgracia, a través del recuerdo. Porque los míos, esas tres mujeres que sonríen desde la ignorancia, no olvidarán jamás lo que ocurrió esta nochevieja. Y me recordarán, probablemente, con una sonrisa mientras les animaba a que hicieran exactamente lo mismo, sonreír.
Allí, al fondo de la imagen, apoyado sobre un vehículo, está Arnel Buenaflor, mi asesino. Las dos manos empuñando el arma, apuntando a mi corazón. Sabiendo que dentro de poco estaré muerto y actuando con una frialdad que deja los pelos de punta. Si en vez de una foto hubiera sido un vídeo, habría comprobado, sin error a equivocarme, cómo a mi verdugo no le temblaba la mano en el momento de apretar el gatillo.
Dicen que en el mismo instante de la muerte, pasa por delante tuyo una breve pero exacta película de tu vida. La mía se quedó en el carrete de la cámara porque un impresentable quiso poner fin a mi vida en un país, Filipinas, demasiado acostumbrado a la violencia extrema.
Esta foto se merece ya, por derecho propio, el premio a la mejor instantánea del año. Aunque, paradojas de la vida, en caso de ganarlo no podré recoger el galardón al mejor disparo porque otro disparo me arrebató la vida.

lunes, 10 de enero de 2011

Hoy Soy Gladys Scott


Nuestra historia (la mía y la de mi hermana Jamie) fue foto de portada del diario El PAIS el pasado sábado 8 de enero. Bajo nuestra imagen, sonrientes a bordo del automóvil que no condujo a la libertad, un pie de foto tan elocuente como aterrador: "Libres serán más baratas".
Tras pasar 16 años entre rejas por robar una cantidad indefinida que el juez estableció en el momento del juicio entre los 11 y los 200 dólares, hace unos días fuimos finalmente excarceladas. Pero nuestro pasaporte a la libertad nada tiene que ver con el convencimiento de que hemos pagado con creces la deuda contraída con la sociedad.
La razón última por la que el gobernador republicano de Misisipi, Haley Barbour, nos ha permitido ver algo de luz tras esta travesía oscura tiene un nombre: riñón.
Mi hermana Jamie sufre una grave insuficiencia renal que le obliga a pasar a diario por una diálisis para limpiar su sangre. Un procedimiento clínico que le cuesta al estado sureño unos doscientos mil dólares al año.
Ante este desorbitado gasto, el bueno de Barbour nos ha permitido abandonar el centro penitenciario con una condición: que yo done un riñón a mi hermana. De esta manera tan altruista el estado se ahorra una pasta gansa y el amigo Haley queda como un señor de cara a la opinión pública ( la tonta, claro).
Por supuesto, tanta buena acción condensada tiene letra pequeña. Por un lado, no se trata de un perdón sino de una suspensión de condena. Y por otro, el coste de la operación la hemos de pagar nosotras.
Lo que no ha dejado claro el señor Barbour es qué puede ocurrir en alguno de los dos siguientes supuestos:
- que mi riñón no sea compatible con el de mi hermana
- que Jamie o yo muramos en la operación
¿Mantendrá su palabra o ésta viene condicionada por el resultado de la operación quirúrgica?
Jamie y yo somos felices. Nada puede alegrarnos más que la libertad. Pero la actuación de los poderes públicos plantea demasiados interrogantes y exige una reflexión: ¿es ético que un simple riñón sustituya una pifia carcelaria como ésta?
Me consuela pensar que, al menos tenemos dos riñones. Porque, desde mi reciente libertad, no dejo de preguntarme con horror: ¿qué hubiera pasado si mi hermana hubiera estado enferma del hígado o del corazón?