viernes, 28 de mayo de 2010

Hoy Soy iPad


Hoy llego a España. Tendría que estar eufórico por la expectación que levanto cada vez que desembarco en un nuevo país. Pero no puedo dejar de ocultar cierta tristeza por un hecho que me mantiene inquieto desde hace tiempo.
Nací hace dos meses en Shenzhen, una localidad industrial a 40 kilómetros de Hong Kong. Pero fui concebido mucho antes, en Silicon Valley, Estados Unidos. Steve Jobs, mi padre, mantuvo una intensa relación sexual consigo mismo en un alarde de hedonismo casi infinito. Sin embargo, no tuvo el detalle de estar en mi parto. Por eso, la persona a la que más recuerdo es a Ma Xiangqjan, un joven chino de 19 años responsable directo de traerme a la sociedad más tecnoadicta de la historia. Fue él quien me montó, quien me embaló, quien comprobó que cada una de mis piezas estuviera en su lugar y quien me colocó en el reverso un código de barras lleno de números. Una suerte, en fin, de DNI tecnológico. Como esas matronas que cuidan al bebé nada más aterriza en este mundo. Lo lavan, le cambian el pañal, le ponen las vacunas, le limpian con cuidado las legañas, le cuelgan una pulserita en la muñeca y finalmente lo entregan a su madre, que lo recibe con los brazos abiertos y el corazón encogido.
Recuerdo que el chico trabajaba a destajo, obsesionado por colocarme los chips correctamente, pero mirando de reojo un gran reloj colgado en la pared. Lo noté preocupado por cumplir las exigencias de producción que marcan las grandes multinacionales para poder entregar a tiempo sus pedidos en Occidente.
Ma Xiangqjan se suicidó en enero. Como hicieron otros ocho compañeros de la fábrica Foxconn, agobiados por una presión industrial sin límites. Ahogados por las exigencias de un mercado obsesionado por cumplir con miles de pedidos en tiempo récord, siempre bajo la sombra de un despido.
Esta misma tarde, cuando alguien me apriete el ON por primera vez, me acordaré de Ma. Y de esa decena de trabajadores que, como él, se dejaron la vida para que yo y mis hermanos estemos ahora en cualquier escaparate de una ciudad española.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Hoy Soy seguidor de Lost


Lost es como la vida misma: llena de interrogantes para los que no encontramos respuesta tan fácilmente. Pero, ¿acaso eso es tan importante?
Durante seis temporadas he estado siguiendo la serie, semana a semana, con la devoción casi enfermiza de un feligrés obsesionado con su dios. Pero sin más pretensión que la de disfrutarla. Y ahí radica la esencia de todo este áspero debate sobre el polémico final de la serie más transgresora de los últimos años.
Nuestra existencia vital, al igual que Perdidos, es una sucesión de hechos, coincidencias, anécdotas, ilusiones, desilusiones, emociones, errores, confidencias y aciertos cuyo resultado sólo nos lleva a un nuevo camino, a su vez lleno de coincidencias, anécdotas, ilusiones, desilusiones, emociones, errores, confidencias y aciertos.
Aquellos que vieron la serie esperando demasiadas respuestas se equivocaron. De la misma manera que aquellos que viven la vida deseando encontrar un sentido que justifique su existencia. Poco importa si hay o no vida después de la muerte, mientras no aprendamos a vivir bien la que nos toca.
Por eso, ver Lost sin otra ilusión que la de pasar un buen rato produce el mismo efecto que tomarse un café por la mañana sin otra actitud que disfrutar de su aroma en ese preciso instante. O leer el diario un domingo a mediodía en una terraza acompañado de una cerveza y unas olivas rellenas sin otra pretensión que la de ser feliz por un instante.
Es cierto, nunca sabremos porqué apareció un oso polar blanco en mitad de la selva. O el sentido de los números que obsesionaban a Hugo. O los saltos en el tiempo. O tantas otras dudas. Pero tampoco sabemos si hay vida extraterrestre o cómo reacciona nuestro cerebro justo antes de nuestra muerte. O si, de verdad, existe Dios. Y no por eso dejamos de disfrutar con los miles de pequeños placeres que la vida nos pone, a diario en bandeja.
Nunca estuve tan perdido. Pero nunca estuve tan centrado.

martes, 25 de mayo de 2010

Hoy Soy Frano Selak


¿Dónde está verdaderamente la felicidad? Dicen los que me conocen que soy el hombre más afortunado del mundo y no les falta razón. He escapado seis veces de la muerte y gané hace un lustro un millón de euros en la lotería. Pero no creo que haya sido verdaderamente feliz durante todos estos años. Al menos hasta hace muy poco...
En 1962, salvé la vida tras un descarrilamiento cerca de Dubrovnik. En ese desafortunado accidente perdieron la vida 17 personas pero yo logré salvar la mía. El tren acabó en un río helado, aunque yo pude llegar nadando, con un brazo roto, hasta la orilla. Frano 1-Muerte 0. Tan sólo un año más tarde, en un vuelo que me llevava desde Zagreb a Rijeka, la puerta del avión se abrió y fui absorbido como una esponja hacía el exterior. Fui a parar a un pajar, con heridas leves, mientras la aeronave se estrellaba y 19 personas perecían en la catástrofe. Frano 2- Muerte 0. Años más tarde, en 1970, salvé la vida en accidente de circulación. Mi coche ardió y tuve el tiempo justo de abandonarlo antes de que explosionara. Frano 3- Muerte 0. Poco tiempo después, el autobús en el que viajaba se salió de la calzada. Cuatro viajeros murieron en la tragedia pero yo sólo sufrí unos rasguños. Frano 4- Muerte 0. Otro autobús fue el responsable del intento de acabar en el otro barrio. Fui atropellado por un autocar urbano aunque, milagrosamente salí ileso. Frano 5- Muerte 0. Finalmente, en 1996, mientras conducía por una carretera de montaña, un camión que invadió mi carril me obligó a dar un violento volantazo. Tuve el tiempo justo de salir del vehículo en marcha y comprobar cómo se despeñaba por un acantilado. Frano 6- Muerte 0.
Un palizón a la muerte que se completó con un último golazo. Hace poco más de cinco años adquirí, por primera vez en mi vida, un boleto de lotería. Y ¡zas! Gané un millón de euros. Compré una mansión en una isla del Adriático, un buen coche y una lancha motora. Por fín, la felicidad total, pensé.
Pero no. La felicidad no estaba en esa vivienda frente al mar, ni en ese deportivo de colores, ni en esa barcaza. A mis 81 años acabo de venderlo todo, he entregado todo el dinero a mis familiares y he regresado a mi modesta vivienda natal en Petrinja junto a Katarina, la mujer a la que amo.
¿Dónde está la felicidad? La tuve siempre tan cerca y no supe darme cuenta hasta tan tarde...

jueves, 20 de mayo de 2010

Hoy Soy Lou Reed


El lado más absurdo de la vida. Ese es el nuevo lugar al que me dirijo desde que anuncié hace escasos días mi último proyecto musical. Arropado por Laurie Anderson, mi pareja desde hace años, el próximo 5 de junio ofreceré en Sidney un concierto sólo para perros.
"Music for dogs" -no podía ser de otra manera- es el título de mi nuevo delirio instrumental, cuya duración estimada es media hora. Dálmatas, chihuahuas, pastores alemanes, perros salchicha y bulldogs disfrutando de una orgía sonora basada fundamentalmente en mezclar altas frecuencias sólo entendibles por canes y algún que otro heavy metal venido a menos.
Esta monumental tomadura de pelo se suma a otro de mis grandes fiascos musicales: Metal Machine Music, un subproducto grabado en unas cuantas horas con guitarras desafinadas y material técnico de desecho que traté de vender como una obra tan original como incomprendida. Un fracaso en toda regla más parecido a una cacerolada que al trabajo de uno de los más lúcidos cantantes del último medio siglo.
Mis constantes subidas de tono, mis caprichos de divo, mis plantes ante la prensa, mis retrasos injustificados sólo tratan de maquillar mi falta de creatividad. Sólo me quedan dos caminos: o mantener una carrera a la altura de gente como Van Morrison o Neil Young o retirarme a tiempo. Parece que he optado por esta tercera vía que posiblemente haga sonreír a más de uno pero que, en realidad, sólo me convierte en un gran músico venido a menos. Lamentable.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Hoy Soy Antoni Viñas


Mi historia no incluye niños ni penes. No habla de pederastia ni de abusos. Mi historia es la de un capellán que ha pasado casi toda su vida oficiando misa en la parroquia de la pequeña localidad gerundense de Sant Miquel de Fluvià.
Hace ya tres años que tendría que haber dejado mi oficio de cura. Tengo 78 años y una salud delicada. Sin embargo, al cumplir 75 años y solicitar al arzobispo mi renuncia por jubilación, éste me animó a seguir. "Ya sabes que no tenemos capellanes", zanjó con autoridad. Sus palabras cayeron como una losa sobre mi complicado estado de ánimo pero decidí hacer un esfuerzo y continuar mi labor evangelizadora.
Nadie se preocupó, sin embargo, de comprobar hasta qué punto un hombre de salud mental frágil puede mantenerse al frente de una parroquia. Poco a poco mi mundo se derrumbaba. Lloraba sin motivo aparente y cada pequeña acción se convertía en un suplicio. Descuidé mi higiene personal y en mis últimos sermones se me fue la pinza en más de una ocasión. Pero nadie movió ficha desde las altas instancias. "Necesitamos curas. Poco importa en qué estado." Esa era la consigna.
El domingo pasado, durante la misa de las fiestas patronales, y para asombro de los feligreses, escribí el último capítulo de mi historia como capellán, a través de la liturgia más inverosímil que uno pueda imaginar. Puse música de Beethoven, hablé con tristeza de la muerte de mis padres, mostré a los presentes una foto mía de la infancia y me desnudé de cintura para arriba, dejando ver un cuerpo decrépito.
Ahora sí parece que el arzobispo ha tomado nota de mi deterioro mental, de mi estado de tristeza, de mi soledad, de mi precariedad física. Y ha confirmado con cierta resignación que me jubilan.
¿Había que llegar a este punto? La falta de vocación religiosa está llevando a las autoridades eclesiásticas a una espiral sin retorno. A este paso se quedarán solos.

lunes, 17 de mayo de 2010

Hoy Soy Brooke Greenberg


Un día como hoy debería probablemente estar preparando mi acceso a la Universidad, apurando los últimos folios antes de los exámenes finales. A lo mejor ayer me hubiera llamado mi mejor amiga para charlar un rato, las dos enganchadas al móvil, mientras mi madre aporrearía la puerta, conminándome a que cortase el rollo y me diera prisa, que la cena se enfría.
Quien sabe si, tal vez, esta mañana estaría de un humor de perros porque mi chico ayer se pasó dos horas filtreando con la zorrona de 3ºB. Anoche habría ayudado a mi hermana a hacer los deberes -siempre se engancha con las mates- y habría charlado un rato con mi padre, que se pone muy pesado con el tema de las drogas, las discotecas y la hora de volver a casa. Precisamente, esta mañana, quién sabe, me hubiera partido de risa con un grupo de amigas, recordando la cogorza tonta que pillamos el sábado pasado y que me obligó a mentir a mamá al entrar por la puerta de casa. Estos días, sobre mi carpeta forrada con las fotos de Orlando Bloom, habría garabateado en un papel una docena de líneas que dan forma a un especie de diario. Y posiblemente me habría puesto un rato delante del ordenador para leer el hoysoytu de turno.
Pero lo único cierto es que, por el capricho malvado de mi identidad genómica, estoy embutida en un cuerpo que no me pertenece. A mis 17 años mido 75 centímetros y peso 7 kilos. Un caso único en el mundo para el que la ciencia no encuentra respuesta. Y no la encuentra porque, de momento, no tengo ninguna enfermedad genética y mi trastorno no está clasificado ni tiene un nombre que lo defina. Mis dientes son de leche, mantengo la costra de lactante en mi cráneo, no sé articular palabras y sólo gateo a regañadientes. En pocas palabras: no envejezco
Triste paradoja en una sociedad dispuesta a pagar millones por encontrar, cuanto antes, el elixir de la eterna juventud.

viernes, 14 de mayo de 2010

Hoy Soy el Mendigo


La dignidad humana constituye la base de todos los derechos. Es el valor esencial e intransferible de todo ser humano, independientemente de su condición social o económica, raza, religión, edad o sexo. Por eso, cuando Manolo Lama, al frente de ese tropel de hinchas rojiblancos, se acercó hasta mí y propuso que me echaran unas monedas para "demostrar a España entera que la gente es generosa" sentí que aquel desconocido hacía añicos, en un abrir y cerrar de ojos, mi dignidad.
"Vamos a echarle pasta al amigo", jaleó el presentador, borracho de ego, bajo la complicidad hiriente de una docena de energúmenos disfrazados y, lo que es mucho más grave, de los dos periodistas que conducían el programa deportivo desde el plató en Madrid. "Echad pasta... muy bien.... cinco pavos.... ahí va la tarjeta... más pasta", gritaba el locutor, encendido como una bombilla.
Uno de ellos me lanzó una bufanda, que agarré con fuerza entre mis manos mientras asistía atónito al espectáculo más bochornoso que he vivido en mi complicada vida. "Que el hombre sea feliz", vociferaba Manolo, arropado por ese pequeño grupo de fanáticos. "Al menos va a tener dinero para ver el partido tranquilito y caliente", se jactó antes de devolver la conexión.
Cuando se bajó el telón, cada uno de aquellos seguidores, capitaneados por el Señor Lama, se apresuró a recoger todo aquello que pocos segundos antes me habían arrojado: sus tarjetas de crédito, los móviles, las monedas e incluso esa bufanda con los colores del Atlético a la que me había aferrado con firmeza y que tan bien me hubiera venido para hacer frente a esa gélida tarde primaveral. El show había acabado y el grupo se retiró con la pancha llena, propia de unos animales que ya han devorado a su presa.
Allí me quedé yo, solo, bajo la lluvia, con mi dignidad robada.

jueves, 13 de mayo de 2010

Hoy Soy la Mancha


En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme no ha mucho tiempo que vivía una plataforma petrolífera de los de broca gruesa, bomba de perforación antigua, y torre perforadora (...) Tenía BP un yacimiento que pasaba de los cuarenta y una bolsa de petróleo que no llegaba a los veinte. Frisaba la edad de nuestro pozo con los quince años. Era de complexión recia, seco de estructura metálica, enjuto de depósito, gran succionador y amigo del oro negro.
Quieren decir que tenía el sobrenombre de "Deepwater horizont" o "La hemos liado parda", que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben. Pero eso importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad. Es, pues, de saber que en este sobredicho pozo petrolífero, los ratos que estaba extrayendo - que eran los más del año-, se daba a derramar algunos litros de petróleo con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el respeto al Planeta; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que derramó el equivalente a cinco mil barriles diarios de hidrocarburo, provocando un desastre ecológico sin precedentes (...)
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás loco dio en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, perforar el pozo alterno para contener el crudo.

Pero el petróleo siguió desparramándose...

miércoles, 12 de mayo de 2010

Hoy Soy Tu Cinturón


Ni el de kárate ni el del coche. El otro, el que os vais a tener que apretar, aún más, a partir de la semana que viene para llegar a fin de mes.
Para pagar la hipoteca, para comprar tabaco, para poner algo de gasolina, para llenar una nevera que da penilla, la pobre, para comprar el bonobus, para pagar el cole de los peques, para salir de copas -de litronas, me temo- para comprar un bikini o un bañador, que ya llega el calorcete, para programar unas vacaciones a Estepona - lo de la costa croata lo dejáis para otro año-, para pagar la multa de la Vespa por mal aparcamiento, para encargar la pizza el domingo pegados delante de la tele, para ir la cine, para esa cena romántica que tienes programada desde hace seis meses y a la que siempre te da largas porque dice que le duele la cabeza, para comprar preservativos, para poner dos euros a la semana en el cerdito con ranura, Para ir al Festival de Benicassim, para tomarte el cortado con donut, para comprarte el Super Mario Galaxy 2, para apuntarte al gimnasio, para comprarte la camiseta de Deep Purple que viste en el escaparate, para cambiar de móvil, para devolverle al Pecas los 20 euros que te dejó para chocolate, para comprarle chuches a tu hija pequeña, para la última novela de Paul Auster, para alquilar una porno en el videoclub de la esquina, para el último álbum de Los Planetas, para...
Quince mil millones de euros en dos años. Eso es lo que nos toca ahorrar a todos partir de ahora. ¿Me notáis? Ya estoy en vuestras cinturas.

martes, 11 de mayo de 2010

Hoy Soy Yasmina Mouatadir


A ver que me aclare porque estoy hecha un lío. Si en vez de Yasmina me hubiera llamado Amparo, Begoña o Ángeles no hubiera pasado nada...aunque, cada mañana, me cagase en la ostia o, en clase de mates, le dijese a mi compañero de pupitre que es más feo que el copón (recipiente metálico destinado a reservar y distribuir la Eucaristía en las iglesias).
Nací en Toledo hace 15 años y, a pesar de que mi padre sea originario de Marruecos y se llame Mohammed me siento tan española como cualquier otro adolescente de apellido García o Rodríguez. Además, he declarado una y mil veces que no profeso la religión musulmana, algo que han ratificado mis padres en más de una ocasión.
Por todo ello me cuesta enormemente entender la reacción de Juan Manuel Uceta, párraco de Chozas de Canales, la pequeña localidad en la que resido desde hace años.
Fui elegida hace unos días Reina de las Fiestas pero al cura intransigente pareció no resultarle apropiada la selección. "No entiendo que sea una fiesta religiosa con una reina musulmana", se apresuró a decir. Tanto es así que, siendo ya la reina oficial, me impidió que me sentara en el primer banco de la iglesia "como representante de la comunidad cristiana". Ahí, señor cura, con un par de cojones.
Que no, querido sacerdote, que no soy musulmana, que soy de aquí, por mucho que te duela. Te lo voy a escribir, por si eres un poco duro de oído: española. Mi origen, mi color de piel o mi apellido no me impiden que esté totalmente integrada en este país y que pueda sentirme tan orgullosa de representar al mi pueblo durante sus fiestas patronales como cualquier Yolanda Martínez o Esmeralda Rubio. ¿Tan difícil es de entender?

lunes, 10 de mayo de 2010

Hoy Soy Gabi Vega


No puedo pasar las páginas de los libros, ni sacar los manuales de física cuántica de mi mochila. Ni tan siquiera ir al baño cuando me viene un inesperado apretón. No puedo tomar notas con un bolígrafo ni levantar la mano para aclarar algún punto. No puedo resaltar un párrafo con un fluorescente ni aporrear con velocidad el teclado de un ordenador.
Por eso, cada mañana, mi madre me acompaña a la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria donde estudio Ingeniería Industrial. Y por eso permanece a mi lado durante horas, convirtiéndose en mis manos cuando hace falta apuntar algo, mi boca cuando es necesario recurrir a alguna aclaración y, por supuesto, mis piernas cuando la vejiga dice basta.
Formamos un equipo. Paqui Artiles y Gabriel Vega. Madre e hijo. Hijo y madre. Pero no nos engañemos: su presencia no deja de ser un parche. Sé que ella hará lo que haga falta para que yo complete mi formación universitaria. Allí estará las veces que sea necesario. Allí pasará cuantas horas marque el calendario estudiantil.
Y hablo de parches porque la esperada Ley de Dependencia que aprobó ya hace tiempo el Gobierno Central, sigue en pañales. Necesito un auxiliar que sustituya a mi madre cada día para que ella pueda cubrir todas aquellas necesidades que mi atrofia muscular degenerativa requiere. Porque mi vida sigue más allá de las paredes de la Universidad.
Sólo así algún día podré devolver a la sociedad todo lo que ahora le exijo. Desde la silla de ruedas en la que cada mañana me desplazo a la Facultad de Ingeniería, imploro a la Administración para que acelere los trámites que pongan a mi disposición los brazos y las piernas que ahora mismo necesito.