martes, 14 de abril de 2009

Hoy Soy Mark Coghill


Nos besamos con ardor y sin pudor, como habíamos hecho tantas veces antes. Era mi cumpleaños y quisimos celebrarlo por todo lo alto.  Mi noche, nuestra noche. Vodka y una caja de preservativos.  Tracy (en la imagen) me recriminó  no poder quedarse embarazada. Sé que le hacía especial ilusión tener un hijo pero no respondo de mis espermatozoides. Van a su aire.  La abracé y traté de consolarla. Ella me miró y me pidió que la besara de nuevo.  Noté un fuerte dolor en la lengua. Traté de separarme pero ella chillaba y movía la cabeza de un lado a otro, los ojos hinchados, las mejillas rojas. Abrió su boca y, entre sus dientes, pude observar, desconcertado, un pedazo de mi lengua. La escupió con desdén, emitió un sonido que asemejé a un pequeño orgasmo y desapareció.  Creí adivinar en su mirada que aquella lengua olvidada en el suelo era su particular trofeo por no haberle procurado el añorado vástago. Lo que son las cosas: la inapetencia sexual de mis espermatozoides me puede dejar mudo para el resto de mi vida.
Creemos que, de alguna forma, nos pertenece la vida de aquellos que nos quieren. Bajo esta errónea percepción vital se esconde una de más atroces formas de violencia: la de género. El único consuelo que me queda es que, además de los 3 años de cárcel, Tracy no volverá a darme un beso. Ni uno de esos de tornillo que tanto nos gustaban...

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