lunes, 12 de enero de 2015

Hoy Soy Armani





Analicemos la secuencia. A simple vista al espectador que, desde la distancia, trata de entender la acción, se le plantean tres disyuntivas: salgo, entro o juego. Cualquiera de ellas se cubre de un preocupante manto tragicómico. Podría ser que tratara de salir del mar y que, edad mediante, las olas ( ¿qué olas?) me lo impidieran. Allí están el musculitos que, por un lado, lleva a cabo el prodigioso ejercicio de contención,  y las dos ninfas que realizan por delante el trabajo "grúa", es decir, tratan de ayudar al loable trabajo de la reincorporación. Podría ser también que quisiera meterme en el agua como los cangrejos, marcha atrás, tratando de no ver qué hay en el océano. Evitando sorpresas. Y que en ese recorrido marino ellas y él me guiaran. La tercera opción es la del simple juego. Manitas por aquí, manitas por allá, rodeado siempre de gente 60 años menor que yo. 
Pero, seamos francos: al espectador, en verdad, le importa un comino si entro, salgo, juego o me quedo a vivir en ese trozo de playa caribeña. Lo que aquí interesa es mi bañador. Ese trozo de tela blanca que deja entrever unos huevos alicaídos.  
¿En qué mercadillo habrá comprado el Sr. Armani ese despojo textil? se están preguntando muchos ahora mismo. ¿Cómo es posible que uno de los hombres más influyentes del mundo de la moda se atreva a bañarse con ese calzoncillo marino?, se cuestionan aterrorizados otros tantos.
Ahí está la grandeza. En hacer literalmente lo que me sale de los cojones. Y parece ser que este par de huevos algo caídos se han encariñado con esta prenda del neolítico.
La vida está hecha de retales. Los míos son hoy más blancos que nunca. 

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