miércoles, 7 de noviembre de 2012

Hoy Soy Barack Obama

No vengo hoy a hablaros desde este blog de mi sonado triunfo electoral.  Quiero, en cambio, haceros reflexionar sobre las portadas con las que los principales diarios generalistas españoles han abierto sus ediciones. Puesto que al cierre  aún desconocían el desenlace electoral, El Pais, La Vanguardia, El Periódico, El Mundo y la Razón, entre otras cabeceras,  traen a sus primeras planas una imagen mía hablando por teléfono. En algunas instantáneas estoy sólo y en otras comparto protagonismo gráfico junto a Mitt Romney. 
De entre las miles de imágenes que podrían resumir la víspera de la gran cita electoral, resulta cuanto menos curioso (por no utilizar otros términos) que los responsables de los grandes diarios de este país coincidan en seleccionar como más representativa una foto mía pegado a un móvil. 
¿Qué han encontrado en esta imagen de Jason Red (de la agencia Reuters) todos los directores y jefe de redacción de los periódicos españoles para llevarla a sus portadas? Si en ocasiones la fuerza de la imagen es tan absolutamente brutal (por ejemplo, con el reciente huracán Sandy) que es lógico que compartan elección por encima de ideologías, esta vez no entiendo el porqué de esta burda coincidencia.
Aparezco sonriente, en un primer plano que no expresa absolutamente nada ni resume la lógica de la tensión electoral.  Estoy ahí, en un evento indefinido, celular en mano, hablando con vete tú a saber quien. 
Si os fijáis, en el fondo es una metáfora de la vida y, por ende, del mismo proceso electoral. Hablo con alguien que está lejos, de la misma forma que los políticos estamos alejados de los ciudadanos. Una metáfora de la profunda crisis de valores y el distanciamiento moral entre la política y la ciudadanía.  Aquí y en Sebastopol. 
Otra lectura mucho más cruel sería pensar que Movistar, Apple, Samsung o Vodafone están detrás de todo este gran tinglado electoral.  Y tal vez no andéis mal encaminados aquellos que creáis en esta teoría...




martes, 30 de octubre de 2012

Hoy Soy Mariló Montero

He puesto al servicio de la humanidad todos mis órganos. En el mismo paquete, ofrezco también mi alma. Un estupendo 2x1 en vísceras y  emociones. Quién acceda a mi hígado el día que me vaya al otro barrio se llevará de una tacada también un pedacito de mi mala baba. Quien se quede con mi corazón el día que la palme, también optará sin coste adicional, a una porción de mi ignorancia. A quien le sean trasplantados mis riñones, el día que deje de respirar,  obtendrá también, en el mismo acto solemne, mi decadencia moral y profesional. Todo en uno. 
Hace poco leí en el diario La Vanguardia que una trasplantada de corazón sentía el espíritu del hombre que le cedió el órgano. No cuenta, eso sí, la afortunada receptora de ese corazón si ese espíritu es el de un bonachón o el de un verdadero hijo de puta que le está haciendo la vida imposible desde entonces. En este segundo supuesto, una se acaba preguntando si es mejor morir que vivir con este sinsabor. 
Mi duda es la siguiente: ¿Qué pasaría si mañana me encontrara en la desagradable tesitura de necesitar un órgano con suma urgencia y los cirujanos pusieran a mi disposición el de un asesino en serie?  ¿Qué ocurriría si mi vida dependiera del de un delincuente de poca monta?
A tenor de mis declaraciones recientes preferiría ir a vivir con los gusanos antes que aceptar el pulmón de un estafador o el páncreas de un violador. Un planteamiento tan absurdo como poco creíble porque nadie en su sano juicio prefiere morir a vivir. 
Lo que nos ocurre a los profesionales de escasa catadura moral es que decimos una cosa pero, a la hora de la verdad, actuamos en las antípodas de nuestros comentarios.
Vísceras y alma a precio de ganga. Vamos, nenaaaaa, que se me acaban. Date prisa, preciosa, que me los quitan de las manoooooos....

martes, 2 de octubre de 2012

Hoy Soy Gigi Chao


Abro el diario desde mi retiro francés y ojeo una noticia que me llama la atención por el simple hecho de que soy la protagonista. Mi padre, Cecil Chao, acaba de ofrecer 50 millones de euros al tipo que se case conmigo. 
Papuchi nunca se hizo a la idea de tener una hija lesbiana. Él, acostumbrado a follarse a mujeres esculturales, acostumbrado a que ninguna hembra le negara un polvo, acostumbrado a que nadie le tosiera cuando de sexo se trataba,  sigue sin asimilar que yo esté enamorada y comparta mi vida con una persona del mismo sexo. 
Papuchi es así de mentecato. A sus 76 años, está más interesado en emular al dueño de Playboy, que de preocuparse por mi felicidad. Sólo desde el ostracismo ideológico, desde la imbecilidad intelectual es posible entender un gesto tan poco paternal. El dinero como única herramienta para doblegar las voluntades de cualquier ciudadano. Aunque sea tu propia hija.
Papuchi es la leche. Creció a la sombra de mi abuelo, un hombre de negocios regio y machista, que le trasmitió esos valores retrógrados que parecen pasar de padres a hijos con la misma facilidad con la que se trasmite el virus de la gripe. 
Papuchi me perdió hace años y ahora, en una maniobra tan absurda como ineficaz, me ha perdido para siempre.  Yo sigo en París con mi trabajo y con mi pareja, Sean Eav. Junto a ella he encontrado una felicidad que jamás hallé en Hong Kong, bajo la influencia de un padre que es capaz de ofrecer una ingente suma de dinero con tal de que vuelva al redil de la heterosexualidad forzosa.
Desde mi apartamento francés, me río a carcajadas pensando en las miles de misivas que habrá recibido desde que decidió publicar esta absurda propuesta. Tipos de todos los rincones del mundo, preocupados  exclusivamente en hacerse con ese botín de 50 millones de euros, ofreciéndole sus bondades, sus aptitudes, sus encantos como amantes ideales para una chica lesbiana de buen ver.  "La haré feliz", "Lograré que dejé de ser tortillera", "Con dos polvazos de los míos, la hago heterosexual", "Se va a enterar de lo que vale un peine",  "Los zulúes somos los mejores amantes" y así hasta decir basta. 
Doblo la oferta. 100 millones de euros para quien logre que Cecil Chao, mi padre muy a mi pesar, se enamore de su guardaespaldas..... 

miércoles, 15 de febrero de 2012

Hoy Soy Miguel Montes Neiro

Esta mañana he abandonado el centro penitenciario de Albolote, en Granada. Entre pitos y flautas he pasado 36 de mis 61 años en prisión.  Ostento ya, por derecho propio, el discutible título de "preso más antiguo de España". Ahí es ná. Lo primero que he hecho, una vez recobrada la ansiada libertad, ha sido reunirme con ellos para invitarles a unas tapas en un bar cercano a la Alhambra. Ellos son Francisco Camps, Jaume Matas, Felix Millet, José Barrionuevo, Julián Muñoz y Carlos Fabra. 
Seis grandes corruptos que jamás han dado con sus huesos en la cárcel o que, si lo han hecho, no han pasado, en el mejor de los casos, ni cuatro años entre rejas. Seis magníficos delincuentes que se han convertido en el paradigma de la chapuza judicial en la que está inmerso este país. Seis granujas a todo ritmo, con el culo pelao de presentar recursos, apelaciones y diversas artimañas para eludir la ley. Todos ellos tenían tanto que contarme que no he podido evitar reunirlos para escuchar sus fechorías en primera persona, para que me expliquen porqué yo he pasado dos tercios de mi vida entre barrotes y ellos, en cambio, por delitos mucho más graves - evasión fiscal, corrupción, fraude, malversación y un largo etcétera- no saben casi a qué huelen las letrinas de la cárcel. 
El camarero me pregunta "¿Qué van a tomar los señores?" y yo, sin vacilar, respondo: "Seis raciones de chorizo". "¿Picante?", indaga. Y, de nuevo, contesto sin dudar: "Por supuesto, muy picante, que los señores se merecen lo mejor". 
Sonríen y nos zambullimos en una conversación que aún, a estas horas del día (¿o ya es de noche?), nos mantiene absortos. Me queda tanto por aprender de ellos....

martes, 7 de febrero de 2012

Hoy Soy Caroline Lowell

Fallecí el pasado 23 de enero tras dar a luz en mi casa de Melbourne. Un repentino ataque al corazón y una hemorragia no controlada acabaron con mi vida. Afortunadamente mi hija Zahra logró sobrevivir. Probablemente mi historia no hubiera llamado la atención de los medios de comunicación si no fuera por un detalle: durante años fui una firme defensora del parto en casa. 
Frente a una excesiva medicalización, cada vez más extendida en los hospitales de medio mundo, luché durante años para que el momento del alumbramiento se convirtiera en un instante íntimo entre madre y recién nacido. Con la ayuda de una matrona y acondicionando la vivienda para que el parto sea lo más seguro posible, no hay razón para que haya complicaciones. Así han parido millones de madres a lo largo de la historia. Algunas se quedaron en el camino pero la gran mayoría dieron a luz, incluso en condiciones mucho más precarias que las actuales. 
Mi muerte ha dado alas a los detractores de los partos en casa. Argumentan que sigue sin ser seguro, que es peligroso, casi insalubre. Sin embargo, esta defunción no hace más que reafirmar el convencimiento de que hice lo que quería.  Si nos atuviéramos sólo a las recomendaciones de las grandes Aseguradoras, a los lobbys farmacéuticos o a las empresas de salud que cotizan en bolsa, probablemente la mayoría de las mujeres darían a luz en días programados. Esa es la tendencia cada vez más extendida en las clínicas y hospitales privados donde los ginecólogos evitan tener que trabajar los fines de semana. 
Yo la guiñé un lunes. No me alegro, por supuesto, de haber dejado a mis dos hijos huérfanos de madre pero estoy segura de que algún día entenderán que mi opción de traerlos al mundo fue tan válida como cualquier otra.

lunes, 6 de febrero de 2012

Hoy Soy Leigh Van Bryan

Llego con una amiga al aeropuerto de Los Ángeles. Nuestra intención es disfrutar de unas pequeñas vacaciones en Estados Unidos. Beber, bailar, reventar la urbe. De repente, varios agentes del aeropuerto y  funcionarios del Departamento de Seguridad Nacional nos abordan y nos invitan formalmente a que les acompañemos. Durante cinco horas, estos gorilas al servicio del supuesto bienestar nacional nos interrogan y examinan nuestras maletas en busca de picos y palas. Remueven nuestras pertenencias y nos someten a un exhaustivo e intimidante interrogatorio. Me esposan y me confinan en una celda junto a dos narcotraficantes mexicanos. Aderezan su búsqueda con dos preguntas que aún hoy me taladran la cabeza y que no evitan que se dibuje una media sonrisa de perplejidad e ironía en mi rostro: "¿Por qué queréis destruir América?" y "¿Por qué queréis desenterrar a Marylin Monroe"?
Trato de sobreponerme a ese despropósito. Tiene que haber un malentendido. Se han equivocado de pareja, han de comprender que no somos las personas que andan buscando. Pero los armarios se mantienen en sus trece. De repente, todo cuadra. Las piezas del puzzle se van armando, mientras asistimos atónitos a este esperpento policial. 
Todo tiene su origen una semana antes. Escribí en mi cuenta de Twitter que me escapaba a EEUU a "destruir América" y "desenterrar a Marylin". Un juego de palabras, resumido en 140 caracteres, que sólo trataba de expresar mi deseo de disfrutar de Los Ángeles, de su vida nocturna, de todo lo que encierra la ciudad.
El Departamento de Seguridad Nacional consideró que aquellas palabras eran una verdadera amenaza potencial para el país. Que yo pretendía cargarme la nación, que la vida de los norteamericanos estaba en peligro porque un joven turista irlandés de 26 años había escrito un texto terrorista en su cuenta de Twitter. 
Al parecer el FBI pretende crear una aplicación de software para identificar y geolocalizar rápidamente a cualquier desalmado que, como nosotros, pretenda cargarse el país. 
¿Nos estamos volviendo locos?

jueves, 26 de enero de 2012

Hoy Soy Taylor (homenaje a Camps)


Aquí en España también podemos estar orgullosos de tener un Taylor. Apostaría, de hecho, a que en un ranking de famosetes patrios del nuevo siglo resultaría tanto o más popular que Elisabeth. 
Nuestro Taylor en concreto se hizo famoso por hacer trajes a un presidente corrupto. Un tal Francisco Camps, que en Estados Unidos sonaría algo así como Frank Fields.
Nuestro Taylor, sin embargo, no ha hecho películas, ni se ha metido nunca en la piel de Cleopatra. Probablemente no haya figurado de extra ni en un anuncio de Zumosol.
Nuestro Taylor no se ha casado ocho veces. Ni se desplaza en limousina. No ha sido amigo íntimo de Michael Jackson ni ha trabajado con Montgomery Clift o con Ava Gardner. Pero, joder, nuestro Taylor, que tiene nombre de torero, los tuvo bien puestos cuando decidió plantarle cara a Fields y denunciarle por no haber pagado la media docena de trajes que se llevo a casa por la jeta. By the face, vamos.
Nuestro Taylor se dedicaba a confeccionar trajes, que en inglés se llaman jackets. Y lo hacía, como cualquier hijo de vecino, para ganarse la vida, que en inglés no se dice "to win the life" pero que yo lo pongo porque me sale de los cataplines.
A nuestro Taylor, la plana mayor del PP (que en Estados Unidos se escribiría igual -PP- y que tendría entre su electorado a gente tan derechona y carca como aquí) le ha tildado siempre de mentiroso y de inventarse toda la historia de los jackets. Y él ha tenido que aguantar el chaparrón. Es decir, the hard rain.
A nuestro Taylor, que tiene un enorme bigote en vez de glamour y lleva gafas de pasta en vez de joyas de Tiffany´s, lo despidieron de su trabajo por destapar un caso de corrupción.
Es cierto, a nuestro Taylor nadie le conoce al otro lado de los Pirineos pero, ahora que la gran (y a la vez retaca) Liz se ha ido a vivir con los gusanos para siempre, quería rendirle un pequeño tributo.
Hoy salgo a la calle en americana. Lo juro. Y así, de una tacada, homenajeo a los dos Taylors.


Nota del Autor: Este post fue publicado en marzo de 2011 en la cara B de este blog (www.hoysoyo.com)  Hoy, tras la sentencia absolutoria a Camps, adquiere más actualidad que nunca.