viernes, 1 de octubre de 2010

hoy soy Christine O´Donnell


"La masturbación es algo muy egoista". La frase es mía. Y, analizada, en detalle, he de reconocer que es fantástica. Yo me refería, desde mi educación profundamente cristiana, al hecho de que meterse el dedo en el coño y disfrutar profundamente (literal) es un acto despreciable. Pero otra lectura, más pragmática, permite intuir que la masturbación es un acto neoliberal, que en el fondo es la política que defiendo desde las entrañas de mi ideología conservadora. En pocas palabras: a mi conejo le doy zanahoria cuando yo quiero.
Hace tres lustros ( que son quince años, aunque parezca mucho más) me desmarqué con la siguiente perla: "la masturbación no sólo es pecado, sino que es comparable al adulterio". Vamos, que la paja es lo mismo que poner los cuernos. Mi discurso conservador es seguido con fervor religioso por un tropel de simpatizantes derechistas que me han convertido en pocos meses en el referente más carca de la casposa derecha estadounidense. Mi lema -La castidad como terapia para combatir el furor uterino- es el espejo en el que se miran los electores más tradicionalistas. Como líder del movimiento Tea Party soy un ejemplo para abuelitas que cada sábado acuden a misa. Un referente para amas de casa que compaginan su devoción por los anuncios de mantas acrílicas con el Nuevo Testamento. Un modelo para quinceañeras vírgenes deseosas de mantener el himen intacto hasta que su novio casposo les lleve al altar.
Pero una cosa es lo que promulgo y otra lo que comulgo. Yo, cada tarde al llegar a casa, agotada de impartir sermones, me meto el finger en el gallo y no paro hasta que grita kikiriki.

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